Por Ignacio Román

En los cristales, cuando existe una diferencia grande de temperatura entre el centro del vidrio y sus bordes se produce un efecto de expansión y contracción que hace que se quiebren. Cuando estalla, es de los elementos que se rompen en una mayor cantidad de partículas pequeñas y es prácticamente imposible volver a unirlos. Somos la generación de cristal porque nos pasa lo mismo: si hay mucho calor afuera, estallamos en mil partes.

Hace algunos años comenzó a circular, no recuerdo si en la rebelión chilena o en las movidas en Perú, una consigna en carteles que decía: “Se metieron con la generación que no tiene nada que perder”. Las transformaciones del capitalismo en su etapa neoliberal moldearon nuestras formas de pensar y sentir. El “sueño de la casa propia” producto del trabajo, que ordenó la idea del ascenso y la movilidad social para gran parte de la clase trabajadora hoy es una idea del pasado, o al menos muy difusa. La realidad hace que veamos imposible comprarnos una casa, incluso para sectores de las juventudes que tienen la posibilidad de acceder estudios universitarios o terciarios. Lo más común para nosotrxs son los trabajos precarios que nos impiden la posibilidad de proyectar a mediano o largo plazo, ya sea por malos salarios, horarios rotativos o aquellos que sabemos que van a terminar pronto. Esta es nuestra nueva normalidad.

Durante nuestra infancia y adolescencia transitamos muchas cosas y la mayoría de ellas tuvieron como rasgo principal la incertidumbre. Primarias y secundarias que se volvieron (casi solamente) comedores. Un sistema educativo que habla otro lenguaje. Un mundo que si no cambia su sistema de producción tiene los días contados por la catástrofe ambiental. Gobiernos que prometieron cosas e hicieron otras. Una Argentina sin futuro para lxs pibes y pibas donde la plata que producimos laburando todos los días se va para pagar la deuda y a nosotrxs se nos termina en una compra de almacén.

Tenemos un gran desafío político por delante: defender lo que nos queda de los derechos que alguna vez supimos conseguir, enfrentar al gigante de la ultraderecha y ser parte de una lucha que nos necesita como protagonistas. Argentina llegó hasta acá en gran parte, por una crisis de representación donde los mismos de siempre no pudieron dar respuestas a las demandas de siempre. ¿Qué mejor que las juventudes y las nuevas generaciones para transformar este país?

No somos ajenxs al contexto social, incluso nuestras militancias están influenciadas por el neoliberalismo. La fragmentación de nuestras individualidades, la idea de que ante la crisis tenemos que agarrar lo que tenemos y mejorarlo, ya sea terminar una carrera, asentarse en un laburo o forjar una relación está presente. También, en nuestras luchas la fragmentación por sector puede verse. Existen focos de resistencia donde participamos las juventudes a lo largo y ancho del país. Sin embargo, no logramos poner en debate una perspectiva general de transformación.

Uno de los síntomas de las generaciones que hoy componemos las juventudes en Argentina es una gran división entre los posicionamientos digitales y la militancia política. Claro está que las organizaciones tienen su cuota de responsabilidad en no ser vistas como alternativas colectivas transformadores. La generación que no tiene nada que perder tiene además, cada vez menos tiempo para organizarse políticamente. Sin embargo, también es algo general a todos los espacios sociales y políticos ya que el concepto de lo colectivo está en crisis. Podemos mirar que somos miles quienes compartimos en internet causas ambientales, de género e incluso hoy quienes contribuimos a discutir las ideas y el sentido común que llevan a la presidencia a Javier Milei compartiendo contenido contra la ultraderecha. Y sin embargo, muchas veces la distancia entre las redes y las rondas de debate y acción son muy grandes.

Cuando la realidad es asfixiante y la sobreinformación de los aparatos digitales nos muestra como una pesadilla un algoritmo que no podemos dejar de ver, es normal necesitar tomar distancia. Todxs tenemos derecho a estar enojadxs, molestxs o tomarnos tiempo para procesar lo que pasa. Sin embargo, también es preciso comprender colectivamente que esas emociones no deben ser el parte médico final sino causas y circustancias que nos inviten a organizarnos. Es necesario que pasemos de la inacción a la acción y organizarnos con quienes tenemos al lado. Fingir demencia es un estadío que no puede convertirse en la regla general. Argentina vive uno de los capítulos más importantes de su historia donde se juega la posibilidad de una reforma estructural del país que hoy conocemos. Todavía seguimos siendo el país de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo o del Diego puteando a los ingleses. Del otro lado, quieren que seamos una generación sin memoria y que nuestras diferencias sean posicionamientos inofensivos que se pierden en las 24 horas que dura una historia de instagram. No dejemos que eso pase.

Gran parte de las militancias en juventudes que nos mantuvimos organizadas políticamente los últimos años hemos cuestionado ciertos mandatos sobre cómo ser militantes. La idea de la abnegación entendida como “dejar todo” por las causas populares ha alejado a muchas personas de las militancias. Es necesario que lo superemos con una idea más integral. Nuestros deseos y motivaciones personales no deben ser corridas para dejarle ese lugar a “lo colectivo”. Debemos encontrar la manera en que las militancias potencien nuestras individualidades y nosotrxs potenciemos los espacios colectivos. Individualmente aportamos a construir algo superador mientras que en lo colectivo nos cuestionamos nuestras maneras de ser. Con esas enseñanzas exprimimos todo nuestro potencial. Hay que organizarse sin perder la cabeza. Para ello, tenemos que hacer que militar sea experiencia asociada a la felicidad, un bálsamo que nos permita transitar este escenario cuidando nuestra salud mental. Lejos de romantizar la lucha de clases, podemos construir un concepto de rebeldía donde no haya acto de amor propio más profundo que la lucha por la libertad.

Ya no como herencia, si no como anuncio del propio presidente de la Nación nos avisan que Marzo y Abril van a ser meses duros y que existe la posibilidad de una hiperinflación en un mediano plazo. El final de la ley de alquileres que estaba en vigencia, el aumento del transporte público a partir de la quita de subsidios y el anuncio del congelamiento presupuestario para las universidades públicas son medidas que no son del futuro si no del presente y que afectan directamente a las juventudes. Generaciones que nos precedieron conquistaron las 8hs de jornada laboral, elaboraron sindicatos con construcción nacional, junto a las Madres y Abuelas metieron a los milicos en la cárcel, o se rebelaron en los 90′ contra otro intento neoliberal. Ninguna generación es perfecta y en gran parte si estamos en este momento es por desaciertos del pasado. Pero ahora, nos toca a nosotrxs construir nuestros aciertos y nuestros errores.

En las asambleas barriales, el paro nacional del 24E, espacios estudiantiles y culturales vuelven a emerger juventudes dispuestas a dar la pelea. Son muchas las cosas que no sabemos sobre los desenlaces del gobierno de Milei. ¿Es posible que dure 4 años? ¿Que sea reelegido? ¿Qué pierda? ¿Que se tenga que ir antes? Todos esos escenarios son falsos y ciertos a la vez porque dependen del desarrollo del gobierno. Y sobretodo, de lo que hagamos o dejemos de hacer nosotres.

Sabemos que existen maneras de pensar y actuar que están caducadas o que no nos representan. Sin embargo, encontramos grandes problemas para pensar nuevas formas que sean nuestras y nos sintamos a gusto. La posibilidad de imaginar un futuro diferente (por ende, un presente distinto) nos ha sido arrebatada. Como dice Mark Fisher, citando a Jameson o Zizek: “Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”. Esta idea que está relacionada en esta cita a un aspecto general del sistema, se hace presente en cosas todavía más pequeñas y cotidianas. La vocera de una de las primeras experiencias neoliberales, Margaret Thatcher, construyó un slogan que resumía en siglas y que rezaba “No hay alternativa”. La naturalización de la precarización de la vida es solo la antesala, el terreno fértil para la construcción de un discurso oportunamente pesimista que desemboca en políticas de mayor ajuste y represión.

Marx, que además de un teórico fue un enorme militante y un agitador, cerró el Manifiesto Comunista hablándole a los laburantes. Nos dijo que la clase trabajadora no tenía nada que perder, solo sus cadenas. Y que tenemos, por otro lado, “un mundo entero por ganar”. Una frase que se reactualiza y sigue presente como un fantasma, aplicable a la generación que no tiene nada que perder.

Nos dicen la generación de cristal porque se nos acusa de frágiles y de rompernos. Nos pusieron un nombre que tiene sentido. No tenemos nada que perder porque nos han sacado (casi) todo. Ahora que la temperatura en el exterior está empezando a calentarse y los cristales comienzan a romperse podemos recuperar la posibilidad de imaginar un futuro distinto. En eso estamos.

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