
En Abril se publicaron los datos del segundo semestre del año pasado, en el que salta a la vista un número de pobreza muy bajo: 28,2%. Obviando que ese número sigue siendo un horror, uno podría afirmar que se desploma la pobreza. Pero las preguntas saltan al primer momento: es raro que en un contexto en el que la inflación se mantiene al alza durante meses, donde no paramos de ver noticias de despidos y cierres de fábricas; la pobreza baje abruptamente.
Frente a eso la solución no es tomar los dichos del gobierno como verdad absoluta —sobre todo si intentan expresar situaciones complejas con un único número— ni tampoco negarse como un dogmático ante los datos que el INDEC nos ofrece. Solo decir simplemente «Milei miente», es rechazar un debate en el que tenemos todas las herramientas para demostrar la poca fiabilidad de esas estadísticas.
Un cambio muy fuerte que el gobierno no dice abiertamente es que la metodología para la medición de los ingresos familiares mejoró mucho entre 2024 y 2025. Uno creería que esto es bueno, ya que se veía una subdeclaración enorme entre 2020 y 2024. Sin embargo esto nos demuestra una cosa clara que es la que el gobierno quiere evitar: no se pueden comparar en bruto los números de pobreza del anterior gobierno con el actual.
¿Cómo se sabe esto? porque los aumentos de ingresos reportados por la Encuesta Nacional de Hogares no se condicen con una subida en otros factores que históricamente están atados al salario. El mejor ejemplo para verlo es en el de los asalariados formales: aunque se reporta un 43% de aumento interanual en los ingresos, los aportes al sistema previsional del mismo sector aumentaron solo un 32%.
Un factor que no se puede despreciar es que la ayuda social durante el gobierno de Milei, especialmente la tarjeta Alimentar y la AUH, tuvieron fuertes aumentos casi a la par de la inflación. Volveremos más adelante sobre este factor, pero no podemos no dejar de mencionar como los gobiernos capitalistas, por muy liberales que sean, terminan sosteniendo una base enorme de la población mediante el gasto público para apaciguar la fuerte rebelión que causaría la desaparición de este ingreso. Estamos hablando de aumentos del 100% real en la AUH y una tarjeta Alimentar que si bien se congeló está solo 6 puntos por debajo de la inflación. De todas formas, entendemos que estas políticas son un parche para la economía familiar de nuestro pueblo.
¿Cómo se sabe esto? porque los aumentos de ingresos reportados por la Encuesta Nacional de Hogares no se condicen con una subida en otros factores que históricamente están atados al salario. El mejor ejemplo para verlo es en el de los asalariados formales: aunque se reporta un 43% de aumento interanual en los ingresos, los aportes al sistema previsional del mismo sector aumentaron solo un 32%.
Un problema que persiste y se agranda cada vez más es el uso de una distribución de gastos que nace de la Encuesta Nacional de Hogares del año 2004, con una sociedad totalmente distinta de gastos considerablemente distintos. Quizá lo peor de eso es que ya se hizo una nueva encuesta en el año 2017, que los gobiernos desde entonces se niegan a usar para no ser los responsables de blanquear que el porcentaje de pobreza lleva siendo más alto hace años.
Uno creería sin embargo que si todos los gobiernos mantienen el mismo error, los datos pueden por lo menos ser comparables entre sí. Pero este tampoco es el caso, porque lo que está subrepresentado en la encuesta de 2004 con respecto a hoy es el precio de los servicios, que se disparó sobre el promedio varios meses. Esto nos hace ver que si bien los otros gobiernos tienen mediciones atrasadas, las características de la inflación de este gobierno crean distorsiones muchísimo más fuertes.
Estos dos parámetros dan como resultado, según una investigación del CEDLAS, una pobreza cercana a 41% para la primera mitad de 2025, cuando el gobierno reportaba números cercanos a 30%. Y según investigaciones de la UCA, la pobreza no estaría a niveles de 2018 sino al primer período de post-pandemia, claramente en un contexto completamente distinto.
Por fuera de que la disminución de la pobreza esté sobredimensionada, la realidad es que estadísticamente baja, sobre todo en comparación a la situación crítica del primer año de Milei y el desastroso último año del peronismo. Entonces podemos preguntarnos: ¿Por qué no seguimos, por lo menos, igual que antes?
Estudios del ODSA demuestran que la incertidumbre frente a los gastos diarios alcanza a un 47% de la población, aumentando fuertemente cuando se analiza a las familias más empobrecidas. También datos del propio INDEC afirman que un 25% de la población se endeudó y un 40% vendió posesiones o quemó ahorros para afrontar gastos. Se ve en los datos del Banco Central: aproximadamente un 10% de los deudores son morosos, no pueden afrontar los pagos en tiempo y forma.
Todas estas cosas indican que la situación económica efectivamente se deteriora, y especialmente para los más pobres. Esto se relaciona directamente con la caída de la economía argentina.
¿En dónde se puede ver eso? En la actividad económica. En un principio uno ve que se volvió a la actividad de principios de 2023 luego de una gran caída, lo que haría creer que deberíamos estar mejor. Pero es cuestión de ver más detalladamente los datos para ver por que esta recuperación no se condice con la realidad:
Los cinco rubros con mayor crecimiento fueron pesca, ganadería, intermediación financiera, minería y hoteles y restaurantes. La suma de estos rubros compone un 12% de la población laboral. Los cinco rubros que más cayeron fueron administración pública, servicios sociales y salud, comercio, manufactura y construcción. Estos últimos componen el 55% de la población laboral.
Ahí está el problema principal de la economía argentina, más de la mitad de la oferta laboral se centra en actividades hoy improductivas que tienden al cierre, mientras que aquellos que despegan emplean a una masa laboral muy pequeña. Esto nos lleva a un país fuertemente desigual, y tendiente a una aguda crisis social.
Es por esto que se ve la pérdida de casi 300.000 empleos privados registrados y 80.000 públicos, siendo reemplazados por el empleo no registrado y el trabajo monotributista, con una escala salarial y condiciones laborales infinitamente peores. El trabajo precarizado amortiza el desempleo.
¿Qué sostiene este modelo? El pluriempleo, las changas, el cuentapropismo, los planes sociales y hasta hace poco una baja de la inflación abrupta —factor que el gobierno terminó de perder a mediados del año pasado—. La AUH y la tarjeta Alimentar han crecido proporcionalmente como fuente de ingreso frente a los salarios, creando una situación sumamente frágil en el que mucha población «sale» de la pobreza por una conjunción de factores antes mencionados que poco tienen que ver con una mejora significativa de la calidad de vida.
Algo que no queremos dejar de mencionar es que los productos alimenticios que el INDEC usa para medir lo que es una canasta de pobreza son valores tomados durante la crisis hiperinflacionaria de Raúl Alfonsín. Para dar una serie de ejemplos, la canasta considera por fuera de la pobreza a una persona que come fideos 22 veces al mes, arroz 12 veces al mes, que se puede permitir un huevo cada 3 días, menos de 4 fetas mensuales de fiambre.
No hace falta destacar la miseria absoluta que es ese piso, una alimentación que se ha demostrado científicamente como insalubre, ya que a largo plazo desencadena en desnutrición. Es absolutamente horroroso el piso que se impone, y demuestra muy bien cómo uno puede ver su vida destruída frente a sus ojos sin caer bajo esa estadística de pobreza, uno puede generar problemas de salud por su desnutrición sin caer bajo esa vara a todas luces insuficiente.
Queda más que claro que este gobierno lleva a cabo una destrucción del nivel de vida de la clase trabajadora, escudándose en una serie de «volteretas» estadísticas que hemos demostrado no solo como herramientas del gobierno de Milei sino en mayor o menor medida por todos los gobiernos de este país que no han hecho más que continuar con el empobrecimiento sostenido que podemos rastrear a ya más de 50 años. Se nos está empujando a una situación de desigualdad de la que se hace cada vez más difícil salir, más aún con los tibios reformismos que venimos viendo en los últimos años y en ciertos sectores de la oposición al gobierno.
No va a haber salida sin una economía fuertemente planificada, pues se ha demostrado que el liberalismo capitalista es incapaz de desarrollar la fuerza productiva y mucho menos de elevar el nivel de vida de los trabajadores. Se necesita una revolución productiva total que la «burguesía nacional» no va a llevar a cabo, lo que no solo nos hace «preferir» una alternativa socialista, sino que deja en evidencia que realmente no hay más opción que apostar por una economía dirigida por los trabajadores, los únicos interesados en la mejora de nuestro nivel de vida.