Durante la semana pasada ocurrieron tres hechos concretos que acreditan la clausura democrática del periodo actual y que nos lleva a concluir que cada vez se decide menos en las elecciones porque hay un poder permanente que elige por nosotros. Ante este escenario, ¿cómo romper este bloqueo? Por lo pronto, adelantamos que no alcanza únicamente con votar.
El gobierno logró el miércoles 26 de agosto la media sanción en la Cámara de Diputados de la reforma de la Carta Orgánica del Banco Central. El proyecto elimina la posibilidad de que el BCRA financie al Estado de forma directa o indirecta, es decir, no podrá otorgar préstamos ni adelantos al Tesoro, provincias, CABA o municipios, ni comprar deuda pública directamente en el mercado primario. De esta forma, sólo las ganancias distribuibles podrán transferirse al Estado, pero sujeto a que las mismas sean utilizadas exclusivamente para cancelar deuda pública.
Otro aspecto de suma relevancia tiene que ver con la forma de remoción del presidente del BCRA al establecer que su destitución debe ser aprobada con dos tercios de los votos en ambas Cámaras. En concreto, será muy difícil remover a su actual Presidente Santiago Bausili (socio de Luis Caputo y ex gerente en Deutsche Bank y JPMorgan).
Este proyecto responde a una de las históricas exigencias impuestas por el Fondo Monetario Internacional relacionadas con la independencia del BCRA de las autoridades políticas elegidas democráticamente. En efecto, Bausili actuará con prescindencia de quién gane las elecciones en 2027 y la política monetaria que fija el BCRA transcurrirá por un andarivel diferente al del Poder Ejecutivo.
Referentes peronistas sostienen que será suficiente con aprobar otra ley ordinaria con mayoría simple y derogar, en consecuencia, el requisito de los dos tercios o bien acudir a una posterior vía judicial por conflicto de poderes. Sin embargo, estas opiniones son—como mínimo—ingenuas porque la permanencia de Bausili representa la continuidad del modelo mileísta y cualquier intento de removerlo deberá enfrentar directamente al FMI que podría trabar nuevos desembolsos o desaprobar las revisiones técnicas para generar una desestabilización financiera que haga retroceder a ese futuro gobierno. Además, el establishment local hará lo imposible para impedir cualquier cambio en la política monetaria.
Como se advierte, de aprobarse la reforma al BCRA, no será tan fácil eludir institucionalmente la trampa que le deja el poder a un futuro gobierno.
En conclusión, lo que se vio en el Senado es otro capítulo más de la rosca por arriba que deja afuera a las bases militantes que siguen reclamando “Cristina libre” sin que su dirigencia haya llevado esa consigna a la confrontación real. Todo queda en un palabrerío estéril sin una coherencia con la práctica política de sus máximos referentes. Tampoco debería soslayarse que parece difícil que el voto unánime de los senadores peronistas no haya tenido el aval de Cristina desde San José 1111. La apuesta siempre es a una jugada magistral, nunca al pueblo movilizado.
En la misma semana, salieron publicadas diversas notas de financieras que alertan que si Milei reelige el riesgo país cae a la mitad y, si pierde, se triplica. Una de ellas es Cohen Aliados Financieros que construyó dos escenarios. En caso de continuidad, supone una caída del riesgo país hasta 260 puntos básicos. Frente a una derrota, programa un salto hasta la zona de los 1.600 puntos.
Otro documento publicado fue el de GMA Capital que es una sociedad gestora de inversiones y servicios financieros. Con bastante desparpajo, señalan que el verdadero problema para el mercado está en la incertidumbre sobre el tipo de alternativa que podría enfrentar al oficialismo. Para ellos, en frente de Milei hay “un tren fantasma.”
La estrategia del capital financiero sigue la línea de Trump cuando en 2025 intervino en nuestras elecciones y habilitó un nuevo préstamo al advertir que “Argentina se estaba muriendo.” Si Milei pierde hay caos y crack financiero; si gana, continúa la “estabilidad” financiera Se trata de una extorsión sobre la democracia que ya no debería sorprendernos. ¿Qué margen de libertad tiene una sociedad para votar con una pistola en la cabeza?
Cualquier gobierno que asuma en 2027, aun teniendo las mejores intenciones de redistribución, tendrá las manos atadas: no manejará la política monetaria, deberá afrontar vencimientos de deuda con el FMI que le terminará imponiendo mayores ajustes y el Poder Judicial seguirá funcionando como un garante para bloquear cualquier medida progresiva, además de seguir siendo un elemento condicionante para cualquier dirigente.
La clave hoy pasa por asumir que éste es el escenario que nos toca porque no estamos en 2015 ni 2019. Parece utópico pensar que va alcanzar con mesas en las esquinas de los barrios pidiendo el voto o las famosas campañas puerta a puerta para dejar folletería partidaria. Hay que dejar la ingenuidad de pensar que esto puede resolverse por acuerdos superestructurales, acumulando nombres de políticos o pergeñando estrategias electoraleras sin vocación de transformación radical.
Se trata de comenzar a hablar otro lenguaje con la sociedad, emplear otras herramientas y lograr que se vincule el malestar por la situación económica ya no sólo con el nombre de Milei, sino con los factores de poder que están detrás de él. Hay que militar y agitar la bronca.
El poder para transformar este país no te lo da una urna ni aún ganando con el 54% de los votos. El poder se consigue logrando politizar y radicalizar a las mayorías populares para que asuman nuevas formas de protagonismo social y no concentrándose en un solo dirigente mientras las bases miran la contienda desde afuera.
Si no se desata la lucha social y la confrontación plebeya (no institucional) con los factores de poder, esta situación no se va a destrabar. La potencia que pueda tener un futuro gobierno popular emanará de lo que se haga en las calles: sin una revuelta previa, ningún proyecto tendrá la fuerza necesaria para imponerse inclusive ganando las elecciones.