El desborde y la confrontación como claves para frenar a la ultraderecha

La sorprendente victoria de Lula en segunda vuelta ante Bolsonaro pone un freno provisorio al avance imperialista en la región. El partido está abierto y el continente sigue en disputa. El camino que se debe transitar es el de la confrontación directa tanto con la ultraderecha como con EEUU y apelar a nuevas formas de protagonismo social.

Las dos campañas de Lula

 

Evidentemente hubo dos campañas electorales totalmente distintas en el PT y que explican la remontada de Lula. La primera, más conservadora y centrista, fue la que dejó a Bolsonaro arriba en los resultados. Para la segunda vuelta, hubo un enorme despliegue popular de las fuerzas progresistas y de izquierda en las calles junto con una mayor audacia de Lula que veía que no le alcanzaba con la moderación que caracterizó todo su gobierno.

 

Hacia finales de la campaña de primera vuelta, cuando desde el PT ya olfateaba un resultado adverso, Lula anunció un aumento del 15% para el programa Bolsa Familia. Asimismo, incrementó los subsidios para que taxistas, conductores de aplicaciones, camioneros y transportistas renueven sus vehículos, eliminó impuestos a los combustibles y se comprometió a que el transporte público sea gratuito los fines de semana. 

 

Casi al mismo tiempo, Lula decidió patear el tablero prohibiendo las apuestas deportivas y los casinos online, con el fin de ayudar a miles de familias endeudadas por las apuestas. Esta medida drástica de enfrentamiento con el sector del capital más carroñero no llegó a tener impacto en las elecciones del 4 de octubre, pero su efecto se sintió con mayor potencia en las de este domingo.

 

Con el resultado de la primera vuelta y Bolsonaro arriba por dos puntos, llegó la medida más importante de los cuatro años de gobierno de Lula: la reducción de la jornada laboral de 44 a 40 horas semanales, a once días de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales. Fue el fin de la llamada jornada “6 por 1” que añade un día de descanso semanal. Bolsonaro se oponía al proyecto, pero en la víspera anunció un cambio de postura para responder al clamor popular. 

 

De esta forma, ya en el tiempo suplementario, Lula jugó fuerte y apostó a una cierta radicalización que no había sido la nota característica de su mandato. Del mismo modo, se produjeron decenas de gigantescas movilizaciones que marcaron la recta final de la campaña. Se trató de un desborde, con alto nivel de espontaneidad, de las propias estructuras militantes del PT. Fue una fuerza eminentemente plebeya y heterogénea con epicentro en el nordeste de Brasil, pero también en la región sur. La derrota en primera vuelta trajo la irrupción de las primeras asambleas y protestas en la Universidad Federal Fluminense y en el tradicional Colegio Pedro II.

 

Por lo tanto, los grupos estudiantiles se convirtieron en un pilar fundamental para el movimiento. Organizaciones como la Unión Nacional de Estudiantes y los directorios centrales volvieron a liderar la escena pública, tal como lo habían hecho al protestar contra los recortes en educación de Jair Bolsonaro. La novedad en esta ocasión fue la incorporación de otros sectores sociales como las comunidades de seguidores de artistas internacionales (como Taylor Swift, Beyoncé, Lady Gaga y BTS), quienes tras la primera vuelta electoral unieron fuerzas bajo el proyecto “Fandoms com Lula”.

 

Em síntesis, las protestas contaron con la participación activa de organizaciones militantes como el Partido Socialismo y Libertad (PSOL) que se puso la campaña callejera al hombro, pero también emergieron nuevas dinámicas de organización ciudadana. Esta fuerza conjunta en las calles y redes, impulsada por el avance del proyecto para abolir la jornada laboral 6×1, dejó atónita a la extrema derecha.

 

El contraste entre la primera y segunda vuelta fue pasar de una postura meramente defensiva, es decir, “cuidemos nuestros derechos adquiridos” a directamente proponer una alternativa hacia adelante: la reducción de la jornada laboral. Además, Lula planteó la campaña por la segunda vuelta directamente contra Trump y agitando, como consigna, que los brasileños debían elegir entre la bandera de su país y la de Estados Unidos.

 

Un aprendizaje urgente para el resto de las fuerzas populares del continente

 

Las elecciones de Brasil nos dejan muchas lecciones. Si bien jugamos en una cancha inclinada en favor del enemigo, como casi siempre en nuestra historia, la ultraderecha puede ser derrotada. No les alcanzó con la intromisión de Meta en la campaña electoral baneando a Lula de sus redes o disminuyendo el alcance de sus publicaciones como tampoco las amenazas de Trump o la imposición de aranceles contra Brasil. Bolsonaro fue derrotado electoralmente. Respecto a la supervivencia política de la ultraderecha brasileña, el carácter que Lula le imprima a su nuevo mandato será clave para desterrarla o para que vuelva fortalecida en 2030, como ya ocurrió en esta oportunidad.

 

Las grandes mayorías populares pueden incidir y, por ende, inclinar la balanza en su favor por más que la “correlación de fuerzas” diga lo contrario. Se requiere romper el aislamiento y su fragmentación y, para eso, hay que fomentar su politización con actualizadas formas de protagonismo social a través de la movilización popular y de su organización. Y si junto con las enormes manifestaciones, hay un liderazgo que también decide dar la pelea con banderas audaces como la reducción de la jornada laboral, la victoria puede ser posible.

 

En Argentina, los sobregirados dirán que ganó la rosca, un grupo de WhatsApp y la política profesional o ¿será que Lula ganó porque, en las últimas semanas, redujo la semana laboral, aumentó la Bolsa Familia y lo bancaron movilizaciones multitudinarias contra la derecha con un claro discurso antiimperialista? La elección en Brasil se dio vuelta con movilización popular y desborde de las bases, eso que tanto le temen acá ajenos y propios también.

 

Se necesita un poder popular desplegado con toda su potencia en las calles y también en las redes para marcar el inicio de una nueva época. Se pueden perder elecciones en el corto plazo, pero urge organizar una fuerza social que nos permita correr el límite de lo posible y construir una nueva hegemonía para luego conquistar el poder.

 

Si bien en frente está el imperialismo yanqui, como enseñanza para el propio Brasil, pero también para el resto del continente, podemos concluir que llegó la hora de pasar a la ofensiva, de confrontar directamente con el poder, dejar de discutir por las migajas que el capitalismo actual nos ofrece y finalmente tomar el cielo por asalto. Pacífico no será, pero la pelea se gana peleando.