Tal como hubiese querido él

Tras la muerte de Carlos “Indio” Solari, cientos de personas se reunieron en Paraná para despedirlo frente a su casa natal. Entre canciones, banderas y recuerdos, se evidenció el pesar colectivo, reflejando la dimensión cultural y emocional de una figura que marcó generaciones.

El homenaje comenzó mucho antes que el evento en Paraná. La sincronía entre la noticia y la llovizna que se sucitó en horas de la mañana en la capital Entrerriana dejaban en claro el ascenso a la eternidad de quien supo ser la cara del último gran movimiento de masas en nuestro país.

 

Cerca de las quince horas el clima era distinto en las inmediaciones de la Plaza 1° de Mayo. La repentina salida del picante sol iluminó el asfalto, pero no así el sentimiento colectivo. Algunas personas conversaban en grupos pequeños; otros caminaban sin rumbo fijo entre la Catedral y el edificio del Correo Argentino (la casa donde se crió Carlos “Indio” Solari), como si todavía estuvieran entendiendo que el día menos deseado llegó. El movimiento todavía no justificaba la palabra multitud.

 

Sentado en un banco desvencijado un hombre con anteojos qué intentaban -más no lograban- disimular su tristeza, lloraba en silencio. Minutos antes había cruzado la calle sin advertir la cercanía de un automóvil que debió frenar bruscamente para evitar atropellarlo. Mientras el tránsito continuaba con normalidad, él parecía estar en otro lugar. Vencido.

 

Poco después de las cuatro comenzaron a aparecer más personas. Primero de a poco. Después en grupos cada vez más numerosos. La reunión empezó a tomar volumen antes incluso de hacerlo en cantidad.

 

Las canciones del Indio ya se escuchaban desde distintos teléfonos. Sin embargo, el sonido que terminó imponiéndose provenía de un auto que se estacionó muy rápidamente y con las ventanillas abiertas y el volumen al máximo, sus parlantes transformaron la vereda en un escenario. Desde ahí salían canciones que eran repetidas por decenas de voces.

 

Llamaba la atención la cantidad de jóvenes. Muchos parecían menores de dieciocho años. Algunos habían conocido al Indio únicamente a través de grabaciones, relatos familiares o videos en internet. Sin embargo, cantaban con la misma convicción que quienes sí habían viajado y sentido los recitales. La diferencia generacional se esfumó apenas comenzaron los cánticos.

 

Poco a poco la concentración dejó de ocupar únicamente el frente del Correo Argentino. El espacio y los homenajes parecían insuficientes para el dolor colectivo. La gente comenzó a desplazarse hacia la esquina ubicada en diagonal, donde la vereda permitía una circulación más cómoda. Desde allí podían verse las banderas multiplicándose sobre las cabezas.

 

A medida que llegaban más asistentes también aparecían más trapos. Algunos exhibían nombres de ciudades, otros tenían apodos y hasta bromas internas, otros simplemente reproducían imágenes asociadas al sentimiento ricotero. Varias de esas banderas parecían enormes frente a una convocatoria que todavía estaba creciendo. Si algo es sabido es que, para el ricotero, su trapo no lleva solo dibujos, sino que transporta restos materiales de una época no muy lejana qué no parece poder volver ya, conservando manchas de barro acumuladas de algún predio en Olavarría o Gualeguaychú.

 

Desde la esquina podía verse una fila de personas extendiéndose sobre la vereda frente a la Catedral. Cerca de setenta metros de gente ocupaban el recorrido. Parecía mentira, era imposible que quien había compuesto esas melodías consoladoras, hoy sea motivo de consuelo.

 

En un momento comenzó el regreso hacia el Correo Argentino. Almas entendidas entre sí cruzaron juntas nuevamente la calle. Cada uno expresaba y procesaba el dolor como podía, pero todos hacían propio el dolor ajeno. Sobre una de las entradas apareció un cuadro del Indio con velas alrededor colocadas a modo de homenaje. La casa natal de ese hombre, ya convertido en santo, era ese rastro de historia viva que mantenía a los fanáticos cerca de Carlos Alberto.

 

Luego volvieron a la esquina diagonal. En uno de los extremos, un grupo de personas sentadas sacó varios baldes y palos gruesos. La ocurrencia terminó convirtiéndose en una batería. Los golpes comenzaron a marcar el ritmo de canciones del Indio al unísono con los latidos de quienes estaban ahí.

 

En un poste de luz fue pegada una impresión con la imagen del Indio Solari. La sostenían varios stickers con dibujos de rocambole. Alrededor colocaron velas encendidas.

 
Una mujer observaba la escena cuando le preguntaron qué significaba la noticia para ella. Dijo que la había tomado por sorpresa. Después recordó una frase que asociaba al Indio y a los momentos de duelo.

 

—Lo más bello del dolor es poder compartirlo.

 

La frase quedó suspendida unos segundos en el aire, como si nadie quisiera ser el primero en romperla. Alrededor, las voces siguieron cantando una canción que ya no pertenecía del todo a quien la había escrito, sino a quienes la sostenían entre lágrimas, abrazos y recuerdos. Todo terminó pareciéndose más a una conversación colectiva con una ausencia imposible de llenar.

—Lo más bello del dolor es poder compartirlo.

 

Y de eso se trató todo. De entender que presencias como la de el Indio sobreviven donde menos se las espera: en una estrofa cantada por necesidad, en una remera gastada por los recitales, en el temblor de una garganta que intenta seguir una melodía sin quebrarse.

 

Cuando las últimas personas comenzaron a dispersarse, la plaza no quedó vacía. Quedaron las canciones flotando entre los árboles, las historias intercambiadas entre desconocidos y la certeza de que hay artistas que terminan convirtiéndose en una forma de acompañarse unos a otros. Porque ese día el país no fue solamente a recordar al Indio. Fue a encontrarse a sí mismo. Tal como hubiese querido él.