El 26 de junio de 2002, dentro de la Estación Avellaneda, policías bonaerenses ejecutaron a Darío Santillán por la espalda cuando acompañaba a Maximiliano Kosteki que agonizaba producto de un disparo policial que recibió mientras participaba de la movilización sobre el Puente Pueyrredón. Ese día hubo 33 heridos con balas de plomo tras la represión ordenada por Eduardo Duhalde y Felipe Solá.

El 26 de junio de 2002, dentro de la Estación Avellaneda, policías bonaerenses ejecutaron a Darío Santillán por la espalda cuando acompañaba a Maximiliano Kosteki que agonizaba producto de un disparo policial que recibió mientras participaba de la movilización sobre el Puente Pueyrredón. Ambos eran integrantes de la Coordinadora de Trabajadores Desocupados Aníbal Verón. Ese día hubo 33 heridos en total con balas de plomo tras la represión ordenada por el presidente Eduardo Duhalde y el gobernador Felipe Solá.
Durante los días previos a la marcha, la prensa ya hacía circular versiones de la SIDE que señalaban la posibilidad de incidentes durante la jornada de protesta. De esta forma, el clima de represión ya se venía preparando desde el gobierno en complicidad con los medios de comunicación.
Ese 26 de junio, la policía bonaerense, bajo la dirección del poder político de turno, pretendieron montar una escena de “enfrentamientos” entre los propios manifestantes. La participación del diario Clarín—con su nauseabunda tapa “La crisis causó dos nuevas muertes”—tenía como finalidad consagrar la impunidad de la policía y blindar al gobierno nacional que venía de sancionar la ley de pesificación asimétrica que beneficiaba a dicho grupo mediático-empresarial.
No obstante, gracias al trabajo de dos reporteros gráficos, se pudo desmontar la operación. Fue precisamente a través de la lucha social y de organismos de derechos humanos que pudo lograrse la condena del entonces cabo de la Policía Bonaerense Alejandro Gabriel Acosta Castaño y su jefe, el excomisario Alfredo Franchiotti.
La jornada piquetera en el Puente Pueyrredón en 2002 fue el corolario del ciclo de luchas que se iniciaron a mediados de la década de los 90 contra el modelo neoliberal de Menem desde la rebelión popular de Cutral Có y Plaza Huincul en 1996. Todo ese lustro estuvo marcado por la creciente represión estatal que tuvo su punto más alto los días 19 y 20 de diciembre de 2001.
Se trató de la irrupción de un nuevo sujeto político: el movimiento piquetero que aglutinó a los desocupados y excluidos de un sistema que ya no cerraba en lo económico ni tampoco en lo social. Por tal motivo, se enfrentaba al poder con una conciencia política que iba en aumento y no sólo reclamaba mejoras en los planes sociales, sino también impulsaba una nueva agenda que implicaba el fin de la represión y del ajuste. Como consecuencia de los hechos de ese 26 de junio de 2002, la carrera política de Duhalde se terminó y adelantó la fecha de las elecciones.
Hoy no estamos en un periodo de ofensiva popular como en aquellos años, sino de repliegue. Estamos desorganizados, dispersos, esperando que vengan soluciones desde arriba y desunidos por internas partidarias o dogmatismos ideológicos que no tienen una correcta traducción práctica en el escenario político actual. Toda esta situación se produce en un contexto en el cual el ataque del capital concentrado contras la clase trabajadora es feroz mientras el gobierno nacional avanza con la proscripción y la limitación de las libertades democráticas.
Para salir de este atolladero, hay que dejar de apostar exclusivamente por la vía electoral. Desde el primer día que ganó Milei no se hace otra cosa más que pensar en qué estrategia electoral es la más conveniente o que lista sería la más “competitiva” (expresión neoliberal si las hay) para 2027. Se debe retomar el ejemplo de Maxi y Darío que formaron parte de una generación de jóvenes que protagonizaron una rebelión popular que, en la calle, tiró abajo al gobierno de De la Rúa y abrió un nuevo horizonte político y social. Resaltamos esto último porque pareciera que determinadas enseñanzas se olvidan con el tiempo y otra vez debemos empezar de nuevo, como ya se lamentaba Rodolfo Walsh en su carta abierta.
Las transformaciones se inician primero cuando el pueblo libera su potencia plebeya en las calles, cuando se organiza para politizar su bronca y va construyendo poder popular a medida que se unen todas las luchas y los conflictos sociales. Eso es lo que ocurrió en Argentina a través de los cortes de ruta, ollas y bibliotecas populares y comedores, es decir, cuando crea comunidad y desborda dirigencias. El plano electoral, que tanto desvela a muchos, viene después.
En épocas de crueldad, desinterés y desafección, hay que volver al ejemplo solidario de Darío que, en medio de la estación de Avellaneda, se quedó junto a su compañero para defenderlo de la represión. Habrá que recrear tejido social sobre un principio de construcción horizontal, de sentir en lo más hondo de nuestro ser cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier parte del mundo. Se trata de recordar que las soluciones siempre están abajo y no en las cúpulas porque cuando hay organización, el poder tiembla.
Tenemos una historia colectiva de luchas hilvanada con los legados militantes de Maxi y Darío que, con su ternura rebelde e intransigente, nos empujan a construir un futuro sin explotación bajo una certeza que arde en cada junio rojo: para cambiar de raíz la estructura de dominación no son suficientes las urnas, tampoco esta institucionalidad diseñada en 1983 por nuestra clase enemiga y mucho menos la rosca de la superestructura política. Hay que luchar en la calle y organizar la rebelión como ellos hubiesen querido.