La cuestión progresista y una invitación a pensar un proyecto socialista

El derrumbe del progresismo como identidad dominante dentro del peronismo abrió una crisis política e ideológica que atraviesa a toda la oposición al gobierno de Javier Milei. Entre la adaptación conservadora y la necesidad de construir una alternativa socialista con programa propio, el debate ya no pasa solo por resistir a la ultraderecha, sino por discutir qué proyecto político puede transformar realmente la Argentina. Nosotros somos socialistas, por eso consideramos que la lucha de los progresismo es en realidad por el socialismo. 

21.05.2026

La retórica de que Milei ganó gracias al progresismo viene desde 2023, y la crítica al progresismo es más vieja que la escarapela. Pero lo cierto es que el progresismo y su agenda, muchas veces compartida por la izquierda, no son la causa y efecto del ascenso de la ultraderecha, ni en Argentina ni en ninguna parte del mundo. En nuestro país, en particular, fue al peronismo que le salió cara la jugada de armarle la lista a LLA con peronistas como, por ejemplo, Scioli, Pareja, Quintar y un sinfín de nombres. Se entendía que, en su adicción a la rosca electoral, la estrategia de alimentar a Milei era clave para que no se meta Bullrich a un ballotage y así Massa, que venía mejorando la economía y aplicando políticas de Grabois, “lo daba vuelta”. Bueno, les salió como el orto.

 

Ahora, un movimiento como el peronismo entiende que, ante todo, no puede quedar como débil y responsable de una derrota. En 2015, la culpa de la derrota de Scioli, el autoproclamado primer “peronista liberal libertario”, fue del trotsko de Del Caño, que llamó a votar en blanco. Ojo, no de Massa, que llamó a votar a Macri, sino de Del Caño y el trotskismo, que con los números que manejaban en esa época no les alcanzaba para que el kirchnerismo gane. Pero bueno, tampoco es que el kirchnerismo hubiera hecho un gobierno digno de militar, pagándole de más al Club de París, reventando a manifestantes contra la megaminería, persiguiendo a otros con el Proyecto X y dándole perpetua a otros con la Ley Antiterrorista (véase el caso Petroleros de las Heras). Difícil de militar la represión.

 

El problema es que ellos volvieron con un armado pseudoprogresista porque estaba de moda en esa época serlo. Alberto Fernández utilizaba lenguaje inclusivo, se decía feminista y se ponía una corbata verde, mientras ajustaba, reprimía y acordaba con el FMI. Era cuestión de tiempo para que la bronca por derecha contra el progresismo se hiciera popular. Ojo, podría haberse manifestado por izquierda, pero estábamos bastante verdes aún en esa época y la tendencia global era un giro sociocultural a la derecha. Y si bien algunas banderas del progresismo eran luchas innecesarias, la otra parte no eran más que reivindicaciones históricas del movimiento obrero, como las luchas feministas, ambientalistas, originarias o antirrepresivas.

 

Pensar que estas luchas no son tan importantes porque “la gente se caga de hambre” es, por un lado, fingir demencia y desvincularse de toda responsabilidad del desastre económico del peronismo en su último gobierno. Por otro lado, es patear luchas sumamente necesarias, como por ejemplo que el lobby ecocida deje de destruir nuestro ambiente, o que haya justicia efectiva para todas las víctimas de femicidios. Pero no seamos boludos: detrás de su pedido constante para que dejemos la agenda “progresista” hay una preparación del terreno para el Frente Anti-Milei con Pichetto, la Iglesia Católica, los evangélicos y Villarruel, si es necesario. Lo dicen los propios dirigentes peronistas, pero al menos esta vez son honestos y no usan al progresismo para ganar y después hacer todo lo contrario.

 

Lo cierto es que, por un lado, quedó en evidencia que el mal menor no sirve y las unidades antigobierno sin un acuerdo programático de transformación es como pegarse un tiro en el pie. Además, toda unidad para el peronismo es el Partido Justicialista dirigiendo con su burocracia y sus internas, y los demás partidos y organizaciones siendo furgón de cola sin voz ni voto. Ni la presión interna de La Cámpora y Patria Grande (sin Itai Hagman, que dio quorum y se abstuvo) en 2021 pudieron evitar el acuerdo con el FMI. Por eso necesitan que ustedes, progresistas, dejen de serlo, para que todos asumamos que la alternativa a Milei no va a suspender el pago de la deuda, ni ponerle impuestos a las riquezas, ni mucho menos tomar la agenda feminista o ambientalista.

 

Ahora bien, la política es un constante cambio, como la vida misma. Yo me río con los compañeros del MST de mi generación porque milité toda mi vida contra ellos en la universidad y hoy compartimos casi todas las luchas en unidad, enfrentando muchas veces a quienes fueron mis aliados (los ahora exprogresistas). No hay que tenerle miedo al cambio, solo hay que definirse, porque de lo contrario vamos a vivir en un bucle de crisis y catarsis eterna. Si les gusta Myriam Bregman, militémosla y exijámosle al PTS un Congreso Abierto del FIT-U porque, sin un programa de gobierno, es un peligro que siga creciendo. Y no, la verdad que 10 propuestas electorales no es un programa. Un programa son, más allá de las diferencias, las 350 páginas del Programa de Desarrollo Humano Integral de PG, Argentina 2050 de Vía Socialista, o el reciente Programa del FRESU.

 

En síntesis, la discusión sobre el progresismo terminó como la mayoría pensábamos que iba a terminar: ese sector se empieza a disolver en el olvido, acá y en el mundo, y a sus militantes les toca definir si quieren comerse la curva de la derecha y volverse un poco más conservadores para ser aceptados socialmente como “maduros”, “fuertes”, personas que ya no “débiles”; o bien dar un giro radical a un movimiento que desde hace al menos dos siglos viene dando las batallas más transformadoras de la humanidad. El socialismo es progresista por naturaleza, porque quiere cambiar el mundo de base; conservar este mundo que se dirige a la barbarie sería lo contrario, ser conservador. El cambio duele, no es fácil, pero no hay nada más fuerte que animarse a cambiar el mundo.

 

Lo cierto es que en algo tienen razón los peronistas: el FIT-U no tiene un programa de gobierno. Entren a su web, busquen el programa y van a irse con más dudas que respuestas porque son solo propuestas electorales. Y si bien, a favor del PTS, tienen muchos intelectuales que problematizan en distintos campos, cuyos aportes pueden leerse en su editorial Ediciones IPS, y desde hace años vienen construyendo puentes con científicos del CONICET que problematizan el comunismo del futuro, la discusión tiene que darse con todos los que nos consideramos de izquierda y aceptando a los progresistas excluidos del peronismo. Ante la duda de si la izquierda puede gobernar, por supuesto que podemos, tenemos cuadros capacitados en todas las áreas, pero para despejar esa duda, necesitamos un debate abierto donde todos aportemos al programa de gobierno.