Septiembre es el mes en que aparecen campañas llenas de discursos sensibleros que en una pretensión de prevenir el suicidio hacen uso del sufrimiento social para pintar de empatía el statu quo.
El 10 de septiembre es el día mundial para la prevención del suicidio. Aparece la cinta amarilla y frases sensibleras: “queremos que te quedes”, “no estás sol@”, “tu vida importa”. La política pública en salud mental se concentra en trabajar los “mitos sobre el suicidio” y generar canales de comunicación para personas con pensamientos suicidas. La camiseta de la empatía hasta el Opus Dei se la pone. Los medios de comunicación encienden las alarman por el aumento del suicidio. Políticos de todas las facciones se desesperan por justificar su sueldo y presentan proyectos de ley de prevención del suicidio. Pero hablar realmente sobre el suicidio es hablar sobre lo intolerante de la existencia en este mundo. Del sinsentido de sostener día a día con tu cuerpo y con tu mente un sistema que hará lo imposible por exprimir hasta tus últimas gotas de energía.
El capitalismo actual ha logrado inmiscuirse en cada uno de nuestros ámbitos de la vida. La uberización del trabajo y el emprendedurismo nos genera la fantasía de que ya no existe la patronal, ahora somos nuestros propios jefes, nos auto-explotamos. La mentira de la meritocracia nos hace creer que si nos esforzamos lograremos garantizar nuestras condiciones más elementales de vida, incluso podremos tomarnos vacaciones cada tanto. En internet nos harán creer que tenemos razón, el algoritmo nos mostrará que cientos de miles piensan igual aunque se nos aparezcan las ideas más contradictorias. Tendremos la sensación de que podemos conseguir lo que queremos, en cualquier momento y que existen recursos infinitos para cumplir nuestros deseos, incluso podemos comprar remeras del Che a través de Shein. Y ya no hace falta debatir en asambleas infinitas ni cansarse caminando en marchas ruidosas, podemos mostrar nuestro descontento firmando en change.org.
Mientras nos venden la ilusión de una completa libertad, compartimos el mundo con 3.428 milmillonarios. Sólo 12 de esas personas tienen la misma cantidad de riqueza que la mitad más pobre de toda la población mundial (Oxfam, 2026). Vivimos en un mundo basado en mentiras y fantasías, del que unos pocos sacan un provecho exagerado y en el que la enorme mayoría luchamos por sobrevivir como podemos.
En este contexto, estar sano en un mundo enfermo no es parámetro de salud. Todo lo contrario. La inexistencia de sufrimiento frente una realidad que constantemente nos confronta con la injusticia y nos somete a vivir indignamente sólo da cuenta de la gran alienación padecida para con las propias necesidades vitales y para con las personas que nos rodean.
Por lo tanto, hablar del suicidio es un hecho político, es hablar sobre las condiciones concretas en las que se vive. La prevención del suicidio entonces es la intervención en forma directa sobre la realidad en la que se vive. De lo contrario, toda intervención terapéutica y campaña preventiva se convierte en un proyecto de domesticación para amoldarse a la reproducción de este mundo enfermo, y una expendedora de drogas para adormecer el sufrimiento de descubrir la insensatez del teatro cotidiano.
Hablar del suicidio es desenmascarar la realidad. Dejar de culpar a la falta de voluntad por la negativa a producir ni reproducir. Señalar al moralismo, al individualismo y al capacitismo como herramientas del poder para la provocación de la sensación de culpa en quienes se animan a ejercer la rebeldía.
Hablar del suicidio es hablar sobre el derecho a elegir cómo queremos vivir y cómo queremos morir.