En el ámbito del arte al interior de las revoluciones socialistas existió un debate profundo acerca del significado de la cultura popular y revolucionaria y sus implicancias.

El proceso bolchevique en sus orígenes dio aire a las vanguardias dejando que el montaje y las películas sin protagonistas sean el eje de muchos autores (Eisenstein, Vertov) mientras que en el ámbito de las artes visuales dejaron florecer al constructivismo y el suprematismo (Tatlin, Ródchenko, Malévich). Esta relación entre el arte y la sociedad, durante la hegemonía estalinista es modificada por el realismo soviético. De manera esquemática, la producción artística pasa a tener un alto control de las oficinas de cultura del partido y se empieza a considerar desviación burguesa a todo aquello que no remita directamente a la política comunista y el proletariado. Esto se manifestó en el decreto de 1932 de Stalin conocido como el decreto de reconstrucción de las organizaciones literarias y artísticas.
Este debate también se da al interior de la Revolución Cubana. Intelectuales y artistas se preguntaron sobre las funciones sociales de sus tareas, cuál era el lugar de la ficción, si la única forma posible de retratar la realidad era de manera objetiva y documental, si el arte tenía que retratar el mundo o guardaba dentro de sí la capacidad de construir nuevos. Particularmente en América Latina, se suma la dimensión antiimperialista sobre las estructuras artísticas propuestas por el mercado imperialista. Pero también, un debate clave de los procesos artísticos socialistas pasó por dos hipótesis distintas: 1) el arte popular debe tender a hablar el idioma de las masas, considerando al resto derivaciones intelectualistas que buscan construir pensamiento desde afuera de la clase y el pueblo 2) el arte popular tiene la capacidad de extender los horizontes de pensamiento de la clase y es una pieza necesaria en su emancipación.
¿Y esto qué tiene que ver con el Indio Solari? El Indio fue el grado más alto de literatura llevado a la cultura popular. Una persona que leyendo a Borges, Arlt, Abelardo Castillo, Kerouac, Schwob, Rimbaud, Ballard o Marechal, hablando un lenguaje casi atemporal, pudo conquistar al pueblo argentino. Pudo conquistarlo porque siempre fue parte de él. En la poesía del Indio, así como en su prosa hablada, no hay nunca una subestimación de clase. Nunca piensa que un cartonero o una ama de casa puede no entender lo que dice. Claro está que para eso también hay que hablar, de alguna forma, de las realidades de los pueblos y sus vivencias cotidianas. Sus canciones son una invitación a expandir los horizontes, a vernos representados más allá de lo que podemos imaginar de nosotros mismos.
En estos días se viralizó una cita en la que Carlos exclama: “Nunca tuve una banda de entretenimiento, no me parece bueno mantener entretenida a la gente mientras los poderosos le meten la mano en el bolsillo. Las mías fueron bandas de combate“. Sin embargo, como banda de combate, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota así como Solari solista son especiales. El Indio no es las Manos de Filippi (escribo pese a mi admiración por ambas y a los músicos que me consta que han compartido). No es una poesía directa, sin riesgo de ambigüedades, con nombre y apellido. Es sofisticada, entreverada y metafórica.
Y a su vez, el Indio forma parte de una tradición de la literatura y arte popular argentino. En la poesía gaucha (muy lejos de la caricaturización que luego hicieron miembros de las clases altas de la sociedad en la gauchesca), el gaucho se esforzaba por construir una improvisación sobre la décima espinel, estrofas de diez versos octosilábicos y un esquema estricto de rimas (abbaaccddc), con pausas obligatorias luego de la primera redondilla. Algo extremadamente difícil de hacer (y si no piensan eso los invito a probarlo). En el tango, en los suburbios de una Buenos Aires que se estaba construyendo entre trabajadores inmigrantes y mestizos se fue desarrollando hacia la década del 30′ una poesía altamente compleja con características nostálgicas y existenciales.
El Indio es Kerouac, es Borges, la revolución de Octubre, es el tango y es la décima espinela. Una mezcla de cosas que parece que no tienen nada que ver hasta que las vemos funcionar de una manera increíble. Igual que el pueblo argentino.