Deprimirse u organizar el hartazgo

Estamos todos hartos, pero la diferencia del efecto del hartazgo radica en si no hacemos nada o hacemos algo con él. Todo pasará, pero sí nos hacemos cargo de que nuestro futuro solo depende de nosotros.

16.04.2026

Levantarse temprano, desayunar lo que haya; ir a trabajar, almorzar lo que se puede, no lo que se quiere; ir a la facultad o el segundo trabajo. ¿Merendar? Esa me la salteo últimamente; volver a casa, avanzar con trabajos freelance; cenar un arroz con queso y seguir trabajando desde la computadora; dormir a la madrugada y en 4 horas repetir la jornada. Deseo que llegue el fin de semana para ahogar las penas con unas birras o vino ahora que se vino el frío, pero el alcohol está cada vez más caro. No te dan ganas de vivir así.

 

Tengo 29 años, no tengo hijos ni una familia que mantener, y me come el pensamiento de frustración de escribir estas líneas desde un departamento compartido con mi padre y uno de mis hermanos. Trabajo de periodista, todas las mañanas lo mismo: otra empresa que cierra, otros puestos de trabajo que se pierden, otra manifestación obrera que repriman, otro reportaje en la calle donde alguna piba/e de mi edad dice lo que decimos todos los días con mis amigos: estoy harto.

 

Otra vez lo mismo: los medios locales informan que otra persona se ha quitado la vida. Entre Ríos, con 19.8 casos cada 100.000 habitantes, tiene la tasa más elevada de suicidios de la Argentina. En el país se registraron 28 suicidios en el mes de enero de 2026 en solo 31 días. Por cada suicidio consumado en Argentina, se notifican 17,2 intentos no fatales en el sistema oficial. Otra vez lo mismo: estoy harto.

 

No paran de encontrarle propiedades al vocero presidencial Manuel Adorni; la familia Menem y otros funcionarios piden préstamos VIP al Banco Nación; pero vos y yo estamos endeudados y sabemos que no vamos a poder pagar esa deuda. El endeudamiento familiar en Argentina alcanzó niveles críticos a principios de 2026, con una morosidad del 11,2% en febrero, la cifra más alta desde 2004, acumulando 16 meses de subas consecutivas. Te juro que no soporto más, ya no sé cómo seguir.

 

Normal que estemos todos rotos y algunos pensando en la autodeterminación. Ah, me olvidé de ese otro gasto, salud mental, y si te dan medicamentos –por suerte no es mi caso–, más gastos aún. Todo esto mientras el gobierno plantea una reforma de la Ley de Salud Mental, que nunca se aplicó como corresponde, para retroceder casi dos décadas de derechos conquistados en esta área. Entonces vuelvo a Mark Fisher y comparto una gran reflexión de él:

 

«Considerar las enfermedades mentales como un problema químico-biológico individual tiene enormes beneficios para el capitalismo. En primer lugar, refuerza el impulso del capital hacia la individualización atomizada (se está enfermo debido a la química de su cerebro). En segundo lugar, proporciona un mercado enormemente lucrativo en el que las compañías farmacéuticas multinacionales pueden vender sus fármacos (podemos curarte con nuestros ISRS). Huelga decir que todas las enfermedades mentales tienen una base neurológica, pero esto no dice nada sobre su causalidad. Si bien es cierto, por ejemplo, que la depresión se debe a niveles bajos de serotonina, lo que aún queda por explicar es por qué individuos específicos tienen niveles bajos de serotonina. Esto requiere una explicación social y política; y la tarea de politizar las enfermedades mentales es urgente».

 

Lamento que esta sociedad no pueda aún ver de dónde provienen sus problemas y, ante la desesperación, elijan el camino del que ya hablamos o algún consumo problemático para “escapar” del dolor. Lamento también que haya compañeros que sepan de dónde provienen sus problemas, pero mantengan aún esperanza en el modelo de producción capitalista, aun cuando este dice a viva voz que quieren hacernos trabajar 24 h y que, si no estás de acuerdo con aceptar la dominación, están dispuestos a hacer desaparecer una civilización entera. Esa amenaza que Trump lanzó contra Irán pudo alarmar a muchos, pero es exactamente lo que hacen con Palestina desde hace años. Eso es el capitalismo y no hay reforma que funcione; nuestras vidas no valen nada para ellos.

 

Ellos brindan con champagne por decretar la masacre de niños en Gaza, Líbano e Irán. Ellos hacen chistes en canales oficiales, como Carajo TV, burlándose de discapacitados porque serían una suerte de gasto fiscal innecesario, ya que no aportan al mercado ni al Estado. Ellos se contradicen, luego cagándose de risa de que el aparato represivo del Estado reviente a jubilados que aportaron toda su vida a la circulación del capital y al Estado. Aportes con los que Adorni y demás funcionarios incrementan su capital privado. Ellos saben también que si despertamos conciencia obrera, tienen los días contados. Por eso para ellos no es un problema que crezca la depresión o los su1c1d10s.

 

Por todos estos motivos, aunque no doy más y cada día me dan menos ganas de vivirlo, tengo en claro que lo mejor que podemos hacer es organizar el hartazgo para que el Estado y el capital ya no nos empujen más, compañeros, a la muerte. Estamos todos hartos, pero la diferencia del efecto del hartazgo radica en si no hacemos nada o hacemos algo con él. Todo pasará, pero sí nos hacemos cargo de que nuestro futuro solo depende de nosotros. Y al dolor de cabeza de estar todos los días harto, una buena aspirina, llamada comunismo.

 

“El comunismo será entre otras cosas, una aspirina del tamaño del sol”.  Roque Dalton