A mediados del siglo xx, Ray Bradbury escribió un cuento distópico que se ubica en agosto de un imaginado año 2026, en el que ya no queda nada. En él brota la paradoja de una humanidad superdesarrollada que ni siquiera puede protegerse a sí misma, y la inquietante pregunta: ¿estamos tan lejos de la ficción de este futuro retro?
En 1950, el escritor estadounidense Ray Bradbury (1920-2012), uno de los referentes más influyentes del género de ciencia ficción, publicó un cuento que se ubica temporalmente en agosto de 2026. Se titula Vendrán lluvias suaves; salió por primera vez en la revista cultural Collier’s, y luego formó parte de la novela Crónicas Marcianas, uno de los libros más recordados del autor y un clásico de la literatura sobre el espacio y el futuro. El cuento es breve y contundente, como uno de esos sueños previos a la vigilia que traen imágenes tan nítidas que nos hacen despertar de golpe. En él se describe a una casa del futuro, una construcción totalmente automatizada mediante la robótica –y la inteligencia artificial, podríamos agregar hoy–, ubicada en el estado de California. Es una casa autosuficiente, que marca las horas del día 4 de agosto de 2026 y que maneja los elementos domésticos necesarios para la rutina familiar. Pero lo que inmediatamente llama la atención de esta situación es la ausencia absoluta de presencia humana, dentro y fuera de la casa.
Si revisamos un poco el contexto en el que se publica el relato, entendemos que puede hacer referencias a la Segunda Guerra Mundial, cuando el desierto que cubre a la ciudad fantasma parece efecto de una bomba nuclear, algo que entonces era un escenario posible para el imaginario norteamericano. Aunque este texto de un futuro retro se escribió a la sombra de otros acontecimientos que marcaron la historia con sangre y destrucción, su ficción se está empalmando de forma extraña con nuestro presente.
Es la historia de una casa vacía. Las paredes llaman y nadie responde; los dispositivos disponen la comida, hacen la limpieza y hasta preparan el momento de juego y distensión, para nadie. ¿En qué se convierten esas estructuras frías si no pueden cumplir con la misión básica de un hogar: contener, resguardar, ser habitado? A la hora de dormir, el megáfono omnipresente por el cual habla la casa ofrece leer un poema de la escritora Sara Teasdale, también de Estados Unidos, que es homónimo al cuento de Bradbury, Vendrán lluvias suaves, y que fue publicado cuando terminaba la Primera Guerra Mundial. Los últimos versos dicen: “A nadie le interesará, ni a las aves ni a los árboles/ si la humanidad perece por completo/ y la primavera misma, cuando despierte al alba,/ apenas sabrá que nos hemos ido”. Si estos versos por sí mismos evocan soledad, cuánto más eco generarían en una voz metálica e impersonal, en un mundo imaginario en el que ya no existimos. Sólo quedarían la poesía que escribimos y los aparatos que inventamos, dialogando entre sí.
En el relato, el asistente automático en la pared decía cosas como: “Hoy es 4 de agosto de 2026, se pueden pagar las cuentas, es el cumpleaños de aquel, el aniversario de casamiento de aquella, se esperan lluvias suaves durante el día”. Hoy, esa vocecita podría leer las noticias de un día real de agosto de 2026 en Argentina, por ejemplo, donde la información del día sea: “El Congreso está reunido para debatir el proyecto de Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada”. No sabemos si la máquina que imaginó el autor, haría la aclaración pertinente: “Hoy se va a tratar una ley que avala el exterminio y la extranjerización de las tierras argentinas… el desayuno está servido y el auto está caliente, listo para ir a trabajar”.
Aunque las noticias mueren rápido, hace muy poco estuvimos frente a un proyecto para legitimar la quema y venta del territorio nacional. Parece una secuencia salida de una novela Bradburiana, donde la humanidad se somete a causa del propio “desarrollo”. Incluso, el autor utiliza la imagen del fuego arrasador como un recurso metafórico que atraviesa su obra. Y aunque el tema ya quedó viejo y nos resguardamos en una sensación de triunfo –porque no se aprobaron los dos artículos más nocivos de la Ley–, entendemos que el interés que la inspiró está rondando los pasillos del poder. Ese sueño ambicioso de los extranjeros ricos ya está narrado en un papel. Ya se intentó hacer verdad la distopía. Por suerte, el pueblo entendió los límites y mostró fortaleza en la unidad y en la protesta para permitir ahuyentarla.
Qué paradójico resulta este supuesto “progreso” que fanatiza a tantos y que, en lo concreto, lo conforman una serie de herramientas para la aniquilación social y ambiental. Qué sentido tendrá una mega mecanización de la vida, una ultra modernización de la existencia, si parece que ni siquiera está garantizada la propia subsistencia de la especie. Presenciamos el fracaso de la técnica.
Ray Bradbury, no es de asombrar, era fanático de Marte, y uno de sus sueños era llegar a verlo con sus propios ojos. Hasta expresó que deseaba ser enterrado ahí cuando partiera. ¿Qué pensaría si estuviera hoy? ¿Se maravillaría por la capacidad de la sociedad que logró llevar satélites y robots sofisticados, y que cada vez está más cerca de poner los pies en suelo rojo? ¿O, por el contrario, se decepcionaría de una humanidad que, luego de destruir sus propias tierras, corre a invadir como plaga otros planetas, para que allí puedan vacacionar unos pocos multimillonarios, mientras el resto de la población se dedica a sobrevivir?
En la novela Crónicas Marcianas, Bradbury imagina una colonización terrícola sobre Marte. El último de los relatos que componen el libro, también está ubicado en 2026, en octubre; se llama El picnic de un millón de años. Una familia decide abandonar su hogar, viajar por el espacio e instalarse en el planeta rojo. El padre intenta explicarle a sus hijos por qué están dejando la sociedad que conocían atrás y por qué aspiran a construir algo nuevo. En un tramo dice: “Estoy quemando toda una manera de vivir, de la misma forma que otra manera de vivir se quema ahora en la Tierra”. Más adelante, dice algo que provoca escalofríos por el potencial profético que tiene, siendo que fue escrito hace más de 70 años: “La ciencia progresó rápidamente y nos dejó atrás, y la gente se extravió en una maraña mecánica, dedicándose como niños a cosas bonitas: artefactos, helicópteros, cohetes; dando importancia a lo que no tenía importancia, fijándose en las máquinas más que en el modo de dominar las máquinas”. Creo que no requiere sobreanalizarse.
Me hubiera gustado haber tenido más tiempo (o menos actividades) para escribir un texto más largo, para haber podido investigar y pensar más sobre todo esto. Pero así está la cosa. 2026 ya, y todavía las máquinas no nos alivianan la vida lo suficiente como para que podamos dedicarnos exclusivamente a escribir o a hacer lo que queramos. Al contrario, parece que cada vez tenemos que hacer más cosas. Y de esa diaria, en muchos casos, depende nuestra subsistencia. ¿Falta tiempo o no nos hacemos el tiempo? Espero que el devenir nos permita seguir haciéndonos preguntas fundamentales entre nosotros mismos, mientras los robots resuelven cosas aburridas. Ojalá que los dilemas filosóficos que nosotros mismos creamos no sean emparchados con respuestas cerradas y automáticas que nos proporcione un chat de IA. 2026 ya, y todavía no solucionamos el hambre, la esclavitud, la enfermedad, la guerra, y tantas otras tareas pendientes. ¿En qué anda el anhelado “progreso”? ¿Qué cosas son tan urgentes y más importantes que resolver de una vez la forma de tener una vida digna y satisfactoria para la especie? Por lo menos, no hemos llegado al punto de la autodestrucción, y el deshabitado futuro que imaginó Bradbury para este año nos queda un poco lejos todavía. Todavía.
No hay que dejar pasar estos cuentos. Nos marcan que la desconfianza o la crítica al tecnooptimismo existe desde hace mucho, no es algo que tenemos que inventar ahora a causa de que la ciencia ficción, que buscaba enviarnos una señal de alerta al futuro, se engendra en las noticias del presente. Esas páginas son una oportunidad para descubrir o redescubrir al autor, pero también para resistir a un proyecto de deshumanización desde la literatura. Es el momento de volver a las historias que nos ayudan a imaginar algún horizonte que sea nuestro.
Agosto, 2026.