Las obras artísticas tienen la belleza de estar exentas de ocupar un único lugar: casi como una cuestión cuántica, incierta, se arman de valor para negarse a ser una sola cosa. La nueva violencia de Dillom es para él su tercer álbum y para nosotros una propuesta extraña, digerible, pero sobre todas las cosas, confusa.

Las obras artísticas tienen la belleza de estar exentas de ocupar un único lugar: casi como una cuestión cuántica, incierta, se arman de valor para negarse a ser una sola cosa. La nueva violencia de Dillom es para él su tercer álbum y para nosotros una propuesta extraña, digerible, pero sobre todas las cosas, confusa.

 

Desde la ironía convertida en meme, con un público ampliamente influenciado por las redes sociales, Dillom sabe retratar desde su perspectiva y para su público la realidad de una Argentina en crisis, de un mundo en crisis y de una música en crisis. 

 

Es retorcido, pero funciona

A lo largo de los casi 43 minutos de disco, las letras exploran temas más bien banales, exteriores. A diferencia de su álbum anterior, Por cesárea, un retrato mucho más íntimo, La nueva violencia viene a exponer la sensación acelerada que la realidad nos hace sentir. Trata temas como la fama, la droga, la sexualidad, incluso la política; pero lo hace desde una ironía absurda, una figura fútil. El disco se ve atravesado por un fuerte contenido literal condimentado con metáforas sucias. Una disrupción a la vista poco soportable para los teóricos del rock, o los pretenciosos del virtuosismo. 

 

Extremadamente producido, aunque realizado en una casona adaptada como estudio, con sonidos digitales, sintetizadores y una latente influencia de sus etapas anteriores más cercanas al hip hop, Dillom quiere a toda costa ser un referente de eso que algunos aún llaman Rock ‘n Roll. 

 

Comiendo las sobras

Y es que la importancia no es realmente el rock, porque a nadie le importa el rock; y a quienes sí, aún están intentando definirlo. No me refiero a las características técnicas y sonoras de un género, me refiero al lugar que ocuparon durante las últimas décadas los referentes musicales de la juventud. A nadie parece gustarle que las etapas mueran, pero tal vez sea hora de aceptar que esa fantasía de que alguien vuelva a darle un último electroshock al género tenga que ser abandonada.

 

La exploración musical del artista no está relacionada con ocupar un lugar fijo, sino más bien representar la fluidez e inestabilidad de un público que busca entre los restos de un género un poquito de representación. La música, como todo hoy en día, se ve fragmentada por los nuevos formatos. La digitalidad, la especificación y los perversos algoritmos obligan a las personas a ramificar sus gustos musicales. Dillom, consciente de ello o no, conoce mejor que nadie a su público, sabe que buscan ese algo, pero sobre todas las cosas, sabe que los demás opinarán que la música murió hace mínimo 20 años.

 

Fui al baño bisexual

Muchos chistes y bromas afloran en el disco, y no pueden considerarse solamente un gag interesante para destacar; al contrario, forman parte del ADN del álbum. La disrupción no está en la profundidad, sino en cada una de las bromas que dice de manera explícita, muy generacionales, muy tuiteras. 

 

Un coqueteo constante con una sexualidad difusa se deja entrever en algunas de las canciones. Prueba de una búsqueda intensa de representar al sector de la sociedad que esté dispuesto a escucharlas, y que para quien no, resulten desagradables, inoportunas, extrañas. En la búsqueda por ocupar un lugar, Dillom sabe que en las épocas actuales es más factible agradar a quienes sabés de antemano que vas a agradar. La explicitud con la que juega con la bisexualidad, con lo inoportuno de nombrarse a los grandes públicos como tal, y aún así sostener la indiferencia —ficticia o no— lo posiciona como un caso particular. No hace nada que no se haya hecho antes, no es un ícono de la cultura queer ni muchísimo menos, pero se expone desde un lugar diferente. Se para frente a un mainstream que valora la posición del varón heterosexual, y se burla constantemente de ello. 

 

Su producción siempre se vio atravesada por una búsqueda de escribir letras bizarras. Sin embargo, en esta profundiza en ese camino. El disco completo es en sí mismo otro chiste de mal gusto. Si bien, él mismo afirmó que este álbum no tiene la pretensión de ser una búsqueda conceptual profunda, lo es a la fuerza. 

 

Amigos en un funeral

Dillom, en conjunto con su Nueva Violencia, forma parte desde hace tiempo de una camada de artistas del mainstream que juegan con la absurdez y la extrema literalidad en las letras. Una búsqueda no sólo lírica sino también sonora de representar la actualidad como un abanico de caos y perplejidad. La modernidad hizo imposible sostener las metafóricas y poéticas letras que inundaron el rock. Desde las épocas cercanas al inicio del nuevo siglo la música comenzó a expresar otro tipo de ideas, otro tipo de formas y estilos. El grunge, el punk y el rock barrial se erigen como grandes representantes de ello, mucho más literales, mucho más crudos. 

 

Con la llegada del auge del rap y los géneros urbanos, el lujo, el sexo y las drogas expresados de manera literal pasaron a ser una temática central en la lírica de la música masiva. Sin embargo, parece que de a poco las nuevas olas giraron el timón hacia la ironización de esos mismos contenidos. Se juega a ser aquello, pero a la vez a dejarlo solo como una broma. Artistas como Dillom, Six Sex, Turrobaby, Marilina Bertoldi, Martein, Juana Rozas, etcétera, etcétera son hijos de una época de quiebre. 

 

 

El funeral de la música tal cual se la conoce, con su complejidad y virtuosismo, es un funeral colmado de explicitud e ironía. Es hora de aprender a hacer de estos rituales una fiesta frenética y descontrolada. 

 

Para quien no quiera entenderlo, la modernidad nos exige mirar hasta lo más profundo a cada una de sus expresiones. Desde el contenido basura generado por inteligencia artificial, la opinología barata —categoría en la que seguramente encaje esta nota—, la música “ligera”, las microficciones encapsuladas en Reels de Instagram, el humor absurdo y la finísima literatura que se expresa en los tuits, todo es parte de este nuevo mundo, y habrá que darles la misma consideración que a todo lo anterior. Pensar que el mundo se construye por fuera de estos lugares es ridículo. Al menos cabe siempre considerar que la producción de sentido del mundo se teje dentro y fuera de las redes sociodigitales. 

 

Nos guste o no, nunca pudimos acostumbrarnos a la violencia cotidiana, y cada día esta se torna más extorsiva, más pegajosa. Dillom tal vez se haya adelantado al darnos la bienvenida a una nueva.