Socialismo o barbarie

El 15 de enero de 1919, la milicia ultraderechista de los Freikorps secuestró y asesinó a Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, dirigentes históricos del comunismo alemán. No fue un exceso aislado ni una desviación del orden republicano: fue un crimen político posibilitado —y avalado— por el gobierno socialdemócrata de Friedrich Ebert. Así culminó, en sangre obrera, la represión del Levantamiento Espartaquista, una huelga general que puso en jaque a la naciente República de Weimar y abrió, por un breve instante, la posibilidad de una revolución socialista en Alemania.

15.01.2026

En diciembre de 1918, el Primer Congreso Soviético de Alemania, reunido en Berlín, votó avanzar hacia un levantamiento obrero contra el gobierno del SPD. Sus delegados, provenientes de los Consejos de Trabajadores y Soldados y fuertemente influenciados por el Partido Comunista Alemán (KPD), exigían la destitución del mariscal Paul von Hindenburg como comandante en jefe del Ejército, la disolución del ejército regular y su reemplazo por una milicia popular cuyos oficiales fueran elegidos democráticamente por sus tropas. La apuesta del KPD era clara: aprovechar su mayor grado de organización para disputar el poder político desde abajo.

 

El gobierno de Friedrich Ebert rechazó de plano estas demandas. Amparado en la oficialidad militar y en la figura de Hindenburg, el SPD optó por preservar el viejo aparato del Estado imperial antes que acompañar el impulso revolucionario de las masas. Durante los últimos días de 1918 se sostuvo una tensa calma, rota el 5 de enero cuando los sectores más radicalizados, con apoyo de la Liga Espartaquista, impulsaron la ocupación del edificio del diario Vorwärts, órgano del SPD, y amenazaron las sedes gubernamentales de la Wilhelmstrasse y la Cancillería, siguiendo el modelo insurreccional de la Revolución rusa.

 

Rosa Luxemburgo, sin embargo, advirtió con lucidez que la situación alemana no era la de Rusia en 1917. Con un ejército desmovilizado y sin una masa suficiente de combatientes, un golpe de Estado en la capital parecía inviable. Además, la Rusia soviética se encontraba atrapada en una guerra civil contra la reacción zarista apoyada por Francia y Gran Bretaña, sin capacidad real para auxiliar a los comunistas alemanes. Incluso la llamada División Popular de Marina —clave en Berlín— mostraba reticencias: la mayoría de sus integrantes solo quería regresar a sus hogares y dudaba de lanzarse a una insurrección dirigida por la Liga Espartaquista.

 

Surgió así un debate, pues, a pesar de este panorama adverso, Karl Liebknecht sostuvo que retirarse equivalía a perder toda influencia sobre las masas en un momento decisivo. Apostó a respaldar la revuelta y ponerse al frente de ella, con la esperanza de replicar la experiencia de Octubre en suelo alemán. Luxemburgo seguía considerando que la estrategia era arriesgada por las malas condiciones materiales para garantizar el triunfo de la revolución, pero, fiel a su compromiso con la clase obrera, decidió apoyar la insurrección una vez iniciada. Ambos se pusieron al frente del levantamiento.

 

La respuesta del gobierno fue inmediata y brutal. El 6 de enero, el socialdemócrata Gustav Noske asumió como ministro de Defensa y pronunció: “Alguien tiene que ser el perro de caza”. Bajo esa premisa, ordenó la represión armada de los huelguistas, mientras Ebert simulaba negociar para ganar tiempo. Hacia dentro del SPD también había un clima de caos e inestabilidad, y pese a que un sector mayoritario intentó reincorporarse al Congreso Soviético, las negociaciones se rompieron definitivamente el 8 de enero. La decisión del gobierno fue clara: aniquilar a los comunistas.

 

El 9 de enero comenzó la respuesta reaccionaria del gobierno socialdemócrata. Se le encargó al general Walther von Lüttwitz ejecutar las tropas regulares y a la milicia anticomunista de extrema derecha Freikorps el secuestro y asesinato de los líderes del movimiento obrero. Berlín se convirtió durante días en un escenario de guerra urbana: fábricas atrincheradas, calles convertidas en trincheras, plazas bañadas en sangre. Sin apoyo masivo de soldados ni de otros sectores del proletariado, los espartaquistas fueron derrotados uno a uno, asesinados o encarcelados por fuerzas muy superiores en armamento y organización.

 

Para la tarde del 15 de enero, el levantamiento había sido aplastado. Ese mismo día, Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht fueron detenidos, golpeados y asesinados durante su traslado a prisión por orden del oficial Waldemar Pabst. Sus cuerpos fueron arrojados y ocultados, como símbolo de una contrarrevolución que no solo derrotaba una insurrección, sino que buscaba decapitar al movimiento obrero alemán.

 

“Mañana la revolución se levantará vibrante y anunciará con su fanfarria, para terror vuestro: ¡Yo fui, yo soy y yo seré!”, escribió Luxemburgo antes de ser fusilada por los reaccionarios.

 

El crimen desató una ola de protestas y motines en todo el país, y el gobierno volvió a reprimir con mayor fuerza. El saldo fue devastador: alrededor de 5.000 obreros muertos, miles de represaliados y el asesinato sistemático de dirigentes de izquierda. La socialdemocracia alemana selló así su alianza con la reacción derechista, inaugurando una herida histórica que marcaría al movimiento obrero europeo durante décadas. El SPD comenzó un proceso de ruptura y los comunistas alemanes comenzaron a ganar fuerza; sin embargo, el daño fue tan grande que jamás se volverían a unir, ni frente a Hitler.

 

En realidad, si bien no lograron hacer un Frente Popular para frenar el ascenso de Hitler, sí lograron unir las luchas en la resistencia posterior al régimen nazi y contribuyeron tanto en la victoria antifascista como en la unificación de la izquierda bajo el Partido Socialista Unificado de Alemania, que gobernó desde 1949 hasta 1989 lo que se llamó República Democrática Alemana (RDA), pero esa es otra historia. Lo cierto es que se celebran manifestaciones todos los años en homenaje a los héroes de aquel levantamiento, con Luxemburgo y Liebknecht en las banderas.

 

“En lugar de tomar partido por la instauración de una nueva sociedad, lo hacen por la modificación superficial de la vieja sociedad. Siguiendo las concepciones políticas del revisionismo, llegamos a la misma conclusión que cuando seguimos las concepciones económicas del revisionismo”. Las críticas eran a las tesis revisionistas del intelectual socialdemócrata Eduard Bernstein, y si bien son de hace 100 años, nos ayudan a pensar en la crisis que vivimos hacia dentro de la izquierda, donde algunos sectores que incluso se dicen “comunistas” dejan en claro en su programa que han abandonado el camino de organizar al proletariado para la revolución y eligen las vías reformistas de la socialdemocracia. El legado de Rosa y Karl es combatir esas tendencias que conducen a la clase obrera al fracaso.