
Tras la fuerte represión ocurrida en la última sesión en la Cámara de Senadores donde se votaba la reforma laboral, dos discursos de parte del campo crítico se opusieron: por un lado, uno que dice que la violencia policial fue promovida por culpa de infiltrados de las propias fuerzas del Estado, y otro que afirma que la violencia viene desde el seno más descontento de la clase obrera. Una postura plantea a la clase trabajadora como un cuerpo pacífico de manifestantes, y la otra plantea que no solo que la violencia es originada por la propia clase sino que además es legítima, ya que apunta a modos más radicales de protesta contra los gestos cínicos de la política.
El debate por las formas ha ido a menos. Existió un consenso generalizado diría que desde el 2001 que la violencia no lleva a nada más que a muerte y destrucción. De este modo ocurrieron dos efectos principales: por un lado, el supuesto cuidado de los trabajadores pero por otro la inefectividad de las protestas obreras, convirtiendo al paro general en el modo de manifestación mas potente. Sin embargo, ambos efectos suponen falsedades: ni los obreros son mas cuidados por la des-pacificación ni el paro general es el modo de manifestación más efectivo para la conquista de nuevos derechos. Teniendo en cuenta la realidad material, los trabajadores venimos perdiendo poder adquisitivo de manera sistemática desde hace diez años, con una clara aceleración desde el gobierno de Milei a esta parte. Eso es una forma de violencia que daña al trabajador en su calidad de vida, quizá una represión mas feroz que la que se da en las marchas o movilizaciones. Además, si tenemos en cuenta una visión materialista, los paros generales podrían ser una opción viable de avance sobre las clases dominantes si la clase sindical los hiciera con asiduidad, de manera táctica y movilizante. Pero como eso no sucede, tal como está dado el tablero de las correlaciones de fuerza, la desestimamos como útil por esporádica.
¿Qué queda entonces? La violencia. Da miedo afirmar esto de manera tan tajante, teniendo en la memoria la herida abierta de Maxi y Darío y, yendo para atrás, las desapariciones por un plan de lucha combativo y armado. Sin embargo, las salidas que tenemos los trabajadores que estamos en la calle se nos agotan. La impotencia sube, la efectividad delas marchas pacíficas baja, y nos encontramos desmoralizados. Una movilización, por más masiva y ruidosa que sea, no servirá de nada. Ya vimos cómo nos conformamos los proletarios con la simple detención de una guillotina. No podemos tener como objetivo evitar la muerte. Debemos tener como objetivo conquistar la vida.
Pero ¿Cómo devolver la violencia simbólica y física que impone el Estado sin poner en riesgo la vida de quienes optamos por la movilización en la calle? Propongo una violencia táctica, que no vaya contra individuos sino contra objetos, edificios, mobiliario estatal (no particular). Los vidrios se reemplazan, las paredes se repintan, pero el salario no vuelve si no se opta por un modelo productivo que vaya en pos del bienestar de los que crean valor en el capitalismo: los trabajadores.