
Hace horas concluyó la apertura de sesiones en el Congreso argentino y lo que debería haber sido una instancia institucional de balance y proyección terminó convertido en un espectáculo. Javier Milei protagonizó un discurso atravesado por agravios a legisladores opositores, apelando a apodos y descalificaciones que, lejos de enriquecer el debate público, lo degradan. Entre los blancos de sus ataques estuvieron Myriam Bregman y Juan Grabois, en una escena más cercana al cruce televisivo que al intercambio parlamentario.
En los palcos y en las bancas, la escena tampoco ayudó a jerarquizar el momento. Figuras provenientes del espectáculo y del universo digital, como Virginia Gallardo o el influencer liberal conocido como Tronco, compartieron protagonismo en una jornada que dejó más material para redes sociales que definiciones de fondo. Para el meme fue una gran noche; para la institucionalidad, una señal preocupante.
Hace un año circulaba en redes un montaje humorístico que imaginaba un Congreso poblado de faranduleros e influencers hacia 2026. Lo que era sátira parece haberse adelantado. Lo vivido podría encajar sin demasiados retoques en un sketch de Peter Capusotto y sus videos o de Cualca. Pero no se trata solo de una anécdota pintoresca: detrás del tono caricaturesco hay una estrategia política deliberada. Vaciar de contenido al órgano que debate y sanciona las leyes permite convertir la discusión pública en entretenimiento y reducir la política a una sucesión de provocaciones.
En ese contexto, la seriedad parece un obstáculo. Un Congreso que discute con rigor puede incomodar cuando lo que se busca es acelerar la aprobación de paquetes legislativos con escaso consenso. El ruido reemplaza al argumento; la consigna sustituye al análisis.
El problema, sin embargo, no es exclusivo del oficialismo. La degradación del debate atraviesa a buena parte del arco político. Referentes opositores como Bregman o Grabois —con trayectorias y pertenencias distintas— también han quedado atrapados en la lógica del show, ya sea mediante intervenciones diseñadas para la viralización o gestos pensados para la cámara. Cuando la política adopta el lenguaje de Twitter, pierde densidad, incluso cuando las causas que se defienden son legítimas.
Mientras tanto, en redes sociales, en la calle y dentro del propio recinto, se impone una consigna simplificadora: “Hubieran ganado las elecciones”. La respuesta, muchas veces, no supera ese mismo nivel de superficialidad. Así, la deliberación pública se empobrece y los matices desaparecen. La política se convierte en un streaming permanente, más cerca de los códigos de plataformas digitales que de la tradición parlamentaria.
En contraste, las discusiones más profundas suelen darse lejos de las cámaras: en asambleas de trabajadores, en conflictos sindicales, en espacios donde la urgencia material obliga a ir más allá de la consigna. Allí todavía se debate con la seriedad que el Congreso parece haber resignado.
Frente a este panorama, la pregunta es inevitable: ¿qué hacer con las instituciones cuando se vacían de contenido? Algunos optan por la abstención o por el “no vote, luche”. Sin embargo, la experiencia histórica muestra que abandonar los espacios institucionales no los neutraliza; simplemente los deja en manos de quienes sí están dispuestos a utilizarlos, aunque sea como escenario de un espectáculo.
No se trata de idealizar al Parlamento ni de creer que por sí solo transformará la realidad. Pero si el Congreso se convierte en un set televisivo permanente, el deterioro institucional no será una anécdota, sino una tendencia. Recuperar la centralidad del debate serio, exigir argumentos en lugar de consignas y volver a discutir proyectos de país con profundidad no es una nostalgia republicana: es una necesidad democrática.
La política argentina atraviesa una crisis de representación y de lenguaje. Convertir esa crisis en oportunidad dependerá de la capacidad de reconstruir espacios de discusión real, dentro y fuera del Congreso. Porque cuando el espectáculo sustituye por completo a la deliberación, la democracia deja de ser imperfecta para volverse meramente decorativa.
Pero no todo es negativo; si nosotros podemos canalizar el descontento entendiendo que todo proceso político es acumulativo a largo plazo —es decir, no desesperarnos por no ver resultados inmediatos—, quizás lleguemos mejor preparados para cuando pase de moda y se agote esta forma de hacer política. Quizás en ese momento tengamos una revancha histórica, y el cántico popular de izquierda “luchar, vencer, obreros al poder” pueda empezar a materializarse. El futuro hoy es negro, pero los obreros moldeamos el futuro con nuestras acciones, por eso tenemos que ser optimistas de que podemos cambiar el curso de la historia.