La batalla desigual de Cuba

La presión de Estados Unidos sobre Cuba se intensifica, mientras que el apoyo internacional hacia la isla parece limitarse, en el mejor de los casos, a declaraciones simbólicas sin acciones concretas que las respalden.

23.02.2026

El presidente estadounidense Donald Trump vuelve a burlarse públicamente de la estabilidad cubana luego de firmar una orden ejecutiva contra la isla, afirmó con desdén: «Cuba estará en crisis muy pronto. Cuba es realmente una nación que está muy cerca de la crisis».

 

Esta no es la primera vez que Trump vaticina el colapso de la nación caribeña, a la que Estados Unidos ha intentado someter de manera ininterrumpida durante los últimos 67 años, desde el triunfo de la Revolución Cubana en 1959 que puso fin a la dictadura de Fulgencio Batista, aliado de Washington.

 

Sin embargo, en esta ocasión la amenaza parece adquirir un carácter más siniestro. Esto se debe al reciente e ilegal secuestro por parte de fuerzas estadounidenses de Nicolás Maduro, el presidente constitucional de Venezuela, un acto de agresión que permanece en la impunidad. Trump incluso invocó este hecho como una supuesta prueba del destino de Cuba, declarando: “Saben, obtuvieron su dinero de Venezuela. Obtuvieron su petróleo de Venezuela. Ya no lo recibirán”.

 

Ante esta escalada, cabría esperar una respuesta firme de los países que se declaran aliados de Cuba, ya sea en su defensa activa o, al menos, en una oposición contundente a la impunidad imperial.

 

No obstante, la realidad ha sido muy diferente. La isla ha recibido, mayoritariamente, gestos retóricos y una solidaridad poco operativa. Un ejemplo claro es el de la presidenta mexicana, Claudia Sheinbaum. Al igual que su predecesor, Andrés Manuel López Obrador, ha mantenido un discurso ambiguo: mientras verbalmente critica las maquinaciones estadounidenses, en la práctica sus acciones parecen alinearse con los intereses de Washington.

 

Tras conocerse que México suspendió un envío de petróleo a Cuba, Sheinbaum insistió en que se trataba de una “decisión soberana” y reiteró la “solidaridad” de su país. En conferencia de prensa, evocó vagamente la tradición de ayuda humanitaria petrolera a Cuba, citando el embargo estadounidense como causa de los desabastecimientos, pero sin revertir la medida de suspensión.

 

Incluso Rusia, un histórico aliado estratégico y socio económico de Cuba, cuyas relaciones se han presentado a menudo como un contrapeso a la influencia estadounidense, no ha movilizado un apoyo material decisivo para compensar el corte del suministro energético venezolano y la presión actual. Su asistencia se mantiene en un nivel que no altera la ecuación de asfixia económica que sufre la isla.

 

Esta falta de apoyo tangible tiene consecuencias graves. Cuba, una nación reconocida mundialmente por su sistema de salud gratuito y su brigada médica internacional, enfrenta ahora grave escasez de medicamentos e insumos básicos.

 

La decepción no proviene solo de México o de la inacción relativa de Rusia. Prácticamente toda Latinoamérica ha optado por una cautelosa distancia mientras Trump intenta orquestar el “fracaso” definitivo de la isla. Un patrón similar se observa en gran parte del Sur Global.

 

El Ministerio de Asuntos Exteriores de China publicó en su cuenta de Twitter un mensaje pidiendo el “levantamiento inmediato del bloqueo y las sanciones a Cuba”. China se comprometió a “seguir apoyando y ayudando a Cuba” y expresó su confianza en que “bajo el fuerte liderazgo del partido y el gobierno de Cuba, el pueblo cubano superará la dificultad”.

 

Sin embargo, superar esas dificultades es un desafío monumental para una pequeña isla que está en la mira de la superpotencia mundial, más allá de la resiliencia extraordinaria que su pueblo ha demostrado durante casi siete décadas.

 

En el momento más crítico de esta larga lucha, queda por ver si alguno de los supuestos aliados de Cuba está dispuesto a asumir riesgos reales para evitar que el país “fracase”. De ocurrir ese fracaso —y si Trump lograra imponer un cambio de régimen en un lugar que ha resistido contra todo pronóstico—, quedaría demostrado que ningún país está verdaderamente a salvo de los designios imperialistas.

 

Cuba es el país más solidario del mundo, que con su espíritu revolucionario ayudó a otros países en sus catástrofes. Curó a los niños ucranianos después de Chernobyl, combatió el Apartheid en Sudáfrica y el covid-19 en Europa. Lo que se requiere ahora no es retórica, sino solidaridad real y acción concreta. Porque si Cuba cae, no sería solo su derrota, sino un fracaso para todos los que creen en la soberanía y el derecho de los pueblos a elegir su propio destino.