
El 30 de diciembre de 1922, el Primer Congreso de los Sóviets de toda la Unión adoptó la Declaración y el Tratado de Creación de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), dando origen al primer Estado socialista de la historia. La decisión consolidó políticamente la unión voluntaria de repúblicas soviéticas surgidas del proceso revolucionario iniciado en 1917 y sentó las bases de una nueva forma de organización estatal, fundada en el poder obrero y campesino.
La jornada culminó un proceso iniciado un día antes, el 29 de diciembre de 1922, cuando las delegaciones plenipotenciarias de la RSFS de Rusia, la República Socialista Federativa Soviética de Transcaucasia, la RSS de Ucrania y la RSS de Bielorrusia aprobaron tanto el Tratado como la Declaración de Creación de la URSS. Ambos documentos fueron ratificados al día siguiente por el Congreso y firmados por representantes de las repúblicas fundadoras, entre ellos Mijaíl Kalinin, Iósif Stalin, Mijaíl Frunze, Grigori Petrovski, Gazanfar Musabekov, Serguéi Kírov y Aleksándr Cherviakov.
A partir de 1922, la Unión Soviética se amplió mediante enmiendas al tratado original. En 1924, las Repúblicas Socialistas Soviéticas de Turkmenistán y Uzbekistán se constituyeron tras la disolución de la República Autónoma Socialista Soviética del Turkestán, que hasta entonces formaba parte de la RSFS de Rusia.
Más tarde, el 6 de octubre de 1929, la República Autónoma Socialista Soviética de Tayikistán —integrada previamente a la RSS de Uzbekistán— fue elevada al rango de república de la Unión, convirtiéndose en la RSS de Tayikistán.
La República Federal Socialista Soviética de Transcaucasia existió hasta el 5 de diciembre de 1936, cuando fue disuelta y su territorio dividido en las repúblicas soviéticas de Armenia, Azerbaiyán y Georgia. Ese mismo día, el territorio de la antigua República Autónoma Socialista Soviética del Turkestán fue reorganizado y repartido entre las RSS de Kazajistán y Kirguistán.
En el período previo a la invasión nazi de 1941, se crearon nuevas repúblicas soviéticas. El 31 de marzo de 1940, la República Autónoma Socialista Soviética de Carelia fue elevada al rango de república de la Unión, dando lugar a la RSS Carelo-Finesa.
Ese mismo año, tras la incorporación de los Estados Bálticos, Lituania, Letonia y Estonia fueron transformadas en repúblicas socialistas soviéticas en julio de 1940 y se integraron formalmente a la URSS entre el 3 y el 6 de agosto. La última república en incorporarse fue la RSS de Moldavia, creada a partir de la fusión de Besarabia —tras la ocupación soviética de Besarabia y el norte de Bucovina— y la República Autónoma Socialista Soviética de Moldavia, hasta entonces parte de la RSS de Ucrania.
Después de la Segunda Guerra Mundial no se formaron nuevas repúblicas. En 1956, la RSS Carelo-Finesa fue degradada a república autónoma y reincorporada a la RSFS de Rusia.
El tratado fundacional de 1922 permaneció vigente durante casi siete décadas. Sin embargo, el 8 de diciembre de 1991, los presidentes de la RSFS de Rusia, Ucrania y Bielorrusia firmaron el Tratado de Belavezha, que derogó el acuerdo original. El proceso culminó el 25 de diciembre de 1991, con la disolución formal de la Unión Soviética, en abierta contradicción con la voluntad popular expresada meses antes en el referéndum que defendía la continuidad de la Unión.
Durante sus más de 70 años de existencia, la URSS fue pionera en conquistas sociales, económicas y tecnológicas sin precedentes. Fue el primer país del mundo en despenalizar el aborto, en garantizar derechos políticos a las mujeres y en incorporar funcionarias en altos cargos del Estado. En el plano científico, protagonizó hitos históricos como el lanzamiento del Sputnik, el primer satélite artificial; el primer ser humano en el espacio, Yuri Gagarin; y la primera mujer cosmonauta, Valentina Tereshkova, entre otros ejemplos.
Estos avances no fueron patrimonio exclusivo del pueblo soviético, sino conquistas que elevaron el estándar de derechos y desarrollo a nivel global. Incluso procesos políticos no comunistas, como el peronismo en Argentina, tomaron elementos de la planificación socialista, adaptando los Planes Quinquenales impulsados por la Unión Soviética de Stalin para el desarrollo de las fuerzas productivas.
Hoy, a más de tres décadas de su disolución, diversas encuestas señalan que entre el 60 y el 63 % de la población rusa añora la URSS y la era socialista. Las economías de muchas exrepúblicas soviéticas se desplomaron tras la restauración capitalista y aún no han recuperado los niveles de desarrollo alcanzados durante el período socialista.
La URSS no volverá. Pero su experiencia histórica sigue viva en la lucha de los pueblos. La consigna “Todo el poder a los sóviets”, traducida en distintos países como “gobierno de los trabajadores”, “asambleas barriales” o “poder comunal”, continúa expresando la aspiración a una democracia directa, obrera y popular, opuesta a la democracia liberal de elites y privatizaciones.
Esa es la herencia que rescata la experiencia soviética: la posibilidad concreta de que el pueblo trabajador gobierne, planifique y decida su propio destino, en lucha permanente contra el capital, el imperialismo y las traiciones de las dirigencias.