
Semanas atrás, unas 3000 mujeres se congregaron en la Young Women’s Leadership Summit (YWLS), la cumbre anual organizada por Turning Point USA, una organización de la ultraderecha norteamericana liderada por Erika Kirk. Bajo consignas como “restaurar la masculinidad” y “respetar la feminidad”, el evento buscaba motivar a las asistentes a rechazar el feminismo y a retirarse de la vida pública.
Fue un encuentro de chicas bien vestidas con estampados florales y tonos pastel, con stands que ofrecían vitaminas limpias para mujeres conservadoras y folletos de fundaciones aliadas como Project 2025 de la Fundación Heritage. Esta estrategia, denominada “pink pill pipeline” (la tubería de la píldora rosa), funciona introduciendo postulados de la derecha radical mediante narrativas cotidianas de cuidado personal, consejos de citas y la idealización del hogar tradicional.
Tras la muerte de Charlie Kirk, el fundador original de la organización, su viuda Erika Kirk asumió la dirección. Bajo su liderazgo, el tono del evento cambió, ya que antes tildaban de fracasadas a las mujeres solteras o profesionales pero ahora les dicen: “Tu estado civil no es el boletín de calificaciones de Dios”. Sin embargo, las ideas de rechazo al feminismo y la promoción de la sumisión al varón permanecen intactas.
Un montón de figuras influyentes de Fox News y gobernadoras conservadoras suben al escenario para decirle a las jóvenes que abandonen las aspiraciones personales y prioricen la maternidad. Mujeres adineradas con muchísima exposición pública y carreras exitosas le piden al resto que se replieguen hacia el espacio doméstico. En esa línea, Erika Kirk proclama la responsabilidad de las mujeres de procrear ante la baja de la tasa de natalidad. Les dice que tengan tantos bebés como puedan pagar y como es de esperar, fomenta el rechazo a los métodos anticonceptivos.
Estas chetas promueven la idea de que la carrera profesional no se tiene que interponer ante el mandato divino del matrimonio y la maternidad. Pero esto no es un llamado espiritual, sino que es un plan de reingeniería demográfica. Las burguesas no son ni quieren ser solamente esposas tradicionales. Apuntan a decidir por las demás desde sus posiciones de privilegio, conscientes de que en la pérdida de derechos, ellas conservarán sus posiciones de clase.
Lo que antes circulaba en los márgenes de la manosfera hoy es parte del discurso de un sector del arco político. La ultraderecha MAGA está militando abiertamente eliminar el derecho al voto de las mujeres.
Retoman el dualismo cartesiano para sostener que el sufragio femenino daña el bienestar emocional de las mujeres porque, supuestamente, toman malas decisiones basadas en la emoción. Pastores e influencers republicanas conservadoras plantean un modelo en el que se vote por hogar y no de manera individual, restituyendo al varón la máxima autoridad familiar y política. Argumentan que el voto de las mujeres alteró el orden tradicional porque desvincula sus intereses de los de sus esposos y consolida agendas progresistas.
Esta tendencia no es nueva, desde 2016, con la consigna Repeal the 19th, la derecha radicalizada propone rechazar la enmienda 19 que consagró el voto femenino. Militan que la verdadera libertad femenina consiste en retirarse del mercado laboral y público para recluirse en el ámbito del hogar, donde supuestamente las mujeres gozarían del privilegio de no trabajar. Aunque bien sabemos que el trabajo reproductivo, tanto el de crianza como el de cuidado, sostiene al mundo. Es en base al trabajo no reconocido ni remunerado de millones de mujeres que se pueden llevar a cabo las tareas productivas.
Para la derecha y hasta para algunos progresismos, el feminismo funciona como chivo expiatorio para explicar la degradación de la vida. En lugar de encontrar las verdaderas raíces en la aceleración capitalista, aseguran que volviendo a los valores tradicionales se resolverán las crisis abiertas. El agobio por la incertidumbre y el deseo de garantías de que determinadas acciones llevarán a determinadas consecuencias son completamente lógicos. Lo que no es cierto es que el señalamiento de las injusticias sea la causa de la pérdida de la calidad de vida y de las certezas.
Aunque la Constitución estadounidense protege el sufragio femenino y su derogación parece un escenario improbable, la derecha afirma que la opinión pública podría virar lo suficiente como para revertirlo en la próxima década. La discusión no nace de un repollo, viene de la mano de la naturalización de las políticas autoritarias de Trump.
La paradoja del movimiento MAGA y las tradwives es que ponen a las mujeres a defender la exclusión femenina del ámbito público, sin embargo quienes lo hacen son mujeres haciendo política, ocupando el espacio público y hasta algunos espacios de poder. Haz lo que yo digo pero no lo que yo hago. Es la fórmula para presentar como amenaza todo aquello que desafíe la desigualdad patriarcal y capitalista. Nos queda seguir pensando cómo ocurren estos fenómenos en Latinoamérica, ¿cómo vota un hogar con padre ausente?, ¿qué está buscando la juventud que se hace eco de estos discursos? ¿qué política oponemos desde las izquierdas?.