El dolor se va transformar en venganza: ¡ Carlos Panizza presente !

Algunos elegimos ser humanos y el pasar del tiempo solo nos refuerza aún más la memoria. En momentos de vaciamiento, donde el Estado hace del negacionismo una política oficial y la represión su herramienta para sostenerse, nuestros compañeros detenidos desaparecidos aparecen con un grito interno que nos prohíbe no accionar.

23.03.2026

El 27 de octubre de 1977, 20 años antes de que yo naciera, en Villa Adelina, zona norte del Gran Buenos Aires, mi familia por parte de padre sufrió el golpe de los genocidas que tomaron el poder el 24 de marzo de 1976. Juan Carlos Panizza, un obrero de la fábrica de cerámicos Cattaneo, era secuestrado en su puesto de trabajo, junto a sus compañeros Faustino Gregorio Romero, José Agustín Ponce y Jorge Carlos Ozeldín, por un grupo de inteligencia de la policía fascista. Fueron los alcahuetes de Carlos Garparutti, Alfredo Katzenstein, quienes lo entregaron.

 

Estos dos personajes eran parte de los empresarios civiles partícipes de la dictadura. En director titular y jefe de producción de Cerámicas Cattáneo, respectivamente. Actuaron junto a los patrones de otra ceramista llamada Lozadur. En total, fueron 15 los obreros secuestrados. ¿Su crimen? Ser militantes sindicalistas de la Federación Obrera Ceramista de la República Argentina (FOCRA). En Cattaneo fueron secuestrados Juan Carlos Panizza, Pedro Ponce y Faustino Romero. Ponce sobrevivió, declaró en 2014 que fue torturado en Campo de Mayo, donde vio a algunos de sus compañeros; luego falleció.

 

En Lozadur habían desaparecido Ismael Sebastián Notaliberto, Dominga Crespo, Felicidad Crespo, Ramón Villanueva, Elba Puente Campo, Sofía Cardozo y Francisco Palavecino. En 1976 ya habían secuestrado a Figueroa y a Salvador Scarpato, dirigente del sindicato de ceramistas, y en agosto de 1977 hicieron lo mismo con el delegado de Cattaneo, Artemio Lezcano.

 

Cabe mencionar que en Lozadur, la persecución comenzó meses antes del 24 de marzo. El secuestro de Juan Pablo Lobos se produjo el 13 de febrero en Tigre. Ese día también se llevan a Segundo Figueroa, a quien liberan a las horas.

 

En el caso de Panizza, se presentó un hábeas corpus, se hicieron gestiones ante Coordinación Federal, el Comando en Jefe del Ejército y se gestionaron sucesivas entrevistas ante Interior. Liliana, su compañera, tuvo que tolerar comentarios machistas del personal militar (“¿Está segura de que no se fue con otra?”). Se les envió cartas a las más altas autoridades eclesiásticas de Argentina y el Vaticano. Nada, nadie le decía dónde estaba Carlos, pero todos sabían su destino, todos sabían que los fascistas se lo habían llevado y lo estaban ocultando.

 

Ellos ya habían recibido indicios de lo que podría pasarle a Juan Carlos. Según Liliana: “Un día él levantó el teléfono y se quedó pálido. Le pregunté qué pasaba y no me decía hasta que agarré el aparato y del otro lado de la línea se escuchaban gritos. Unos gritos desgarradores. Pienso que él sabía que lo vendrían a buscar. El día que se lo llevaron se despidió antes de ir a trabajar y me dijo: ‘Deciles a tus viejos que se queden’. Y yo le respondí: ‘¿Para qué?’. Até cabos y, bueno, nada, así fue”, cuenta.

 

Su madre era mi tía abuela —si no me equivoco—, pero como crió a mi padre, era mi abuela. Ella partió en 2005; yo no tenía ni 10 años, y todo recuerdo de ella es más un imaginario que un recuerdo real. Esperó toda su vida para encontrar a su hijo, que hasta la fecha sigue siendo parte de la lista de los 30.400 compañeros desaparecidos. Dicen en mi familia que ella me tenía en sus brazos cuando era bebé, entre fines de los 90 y principios de los 00, y será por eso que cuando las cosas no andan bien, sueño con ella. Para mí, conocer esta historia fue un antes y un después en mi vida.

 

Desde adolescente tuve claro que no habría olvido, ni perdón, ni mucho menos reconciliación. Ya más de grande, cuando fui formándome políticamente en el comunismo, comprendí que hasta que no nos digan a dónde están nuestros compañeros, no habrá paz. Ellos no luchaban por recuperar la democracia de los decretos de aniquilamientos de la Triple A; ellos luchaban por el socialismo, y por eso, a título personal, yo no me conformo solamente con que nos digan dónde están; yo quiero que sientan en sus carnes la revancha, que va a ser teñir de rojo este país, de rojo socialista.

 

A mí, Juan Carlos Panizza, me marca a fuego el camino por ser una herida abierta en mi familia, pero el brutal asesinato de Floreal Edgardo, el “Negrito” Avellaneda, militante de la Federación Juvenil Comunista secuestrado, asesinado y arrojado al mar con tan solo 15 años, me exige levantar por siempre la bandera roja con la hoz y el martillo.

 

No vengo a confrontar con los que militan la consigna de “Democracia por siempre”. Yo no la comparto; esta democracia engendró el golpe fascista, indultó a los genocidas y hoy no garantiza que sepamos dónde están nuestros compañeros.

 

Ellos aniquilaron una generación entera. Destruyeron organizaciones y partidos socialistas de todo tipo. Por dar un ejemplo, al PRT y Vanguardia Comunista los aniquilaron completamente. Al PC, PCR, PST, etc., le aniquilaron la mayor parte de su militancia. Hoy el gobierno nos dice que hay que reconciliarse, que no fueron 30 mil y que fue un exceso en una “lucha” contra los “subversivos” o “terroristas”. Lo dicen porque solo con un genocidio pudieron frenar el inevitable avance de Argentina al socialismo e imponer el modelo de Martínez de Hoz.

 

Este negacionismo no es nuevo. Durante el menemismo se indultó a los genocidas, y los que aún no estaban presos no recibieron cárcel común. Como los hijos de detenidos-desaparecidos tenían que caminar sabiendo que se podían encontrar al genocida que les arrebató a su madre o padre, se organizaron y aplicaron la metodología del escrache. Así, salieron a escrachar organizadamente a los genocidas libres. Es acá cuando surge una frase que quedó grabada a fuego en el movimiento obrero argentino: “A donde vayan, los iremos a buscar”.

 

Da la casualidad de que tanto los genocidas, como Menem, como Macri –que intentó un 2×1 en libertad a los genocidas– como Milei aplican el mismo modelo de desindustrialización, entrega de la soberanía y desarticulación mediante la represión del movimiento obrero organizado. Por eso, mañana no marcho solo para recordar a los compañeros y exigir que nos digan dónde están; marcho por la revancha.

 

“Yo solo quiero enterrar, enterrar su cuerpo. Ya no quiero llorar mis muertos. Y fingir que no sé que todo el dolor se va a transformar en venganza”.

 

Tenemos explosivos – Antígona 404.