A 60 años del cierre de los ingenios, la destrucción de la cultura obrera azucarera como disciplinamiento social en Tucumán

El 22 de agosto de 1966 en Tucumán se firmó el decreto con el cual se dió inicio al cierre de 11 ingenios alrededor de nuestra provincia y así logrando el desmantelamiento más grande de la región. Esta política de cierre de ingenios de la dictadura de Onganía, entre 1966 y 1968, por lo general es analizada desde las consecuencias económicas, desempleo, migración y empobrecimiento. Pero ese resultado vino de la mano de la destrucción de una cultura obrera que durante décadas había construido formas de organización y disputa política en la provincia. No sólo eliminó la actividad productiva, sino también desarticuló la identidad colectiva de los sindicatos, en los pueblos azucareros y en la provincia que estaba conformada a través de esa identidad cultural. 

 

La cultura obrera azucarera había convertido a Tucumán en uno de los principales centros de organización trabajadora de la región y del país. La FOTIA funcionaba como la herramienta de articulación política y social capaz de movilizar a miles de trabajadores y de disputar la coyuntura provincial. El ataque y persecución hacia ella y demás sindicatos azucareros formó parte de una estrategia destinada a descabezar a una de las expresiones más combativas de la clase trabajadora argentina. El cierre de los ingenios funcionó como una estrategia de disciplinamiento y persecución. Al destruir las fuentes de trabajo, dispersar a las comunidades obreras y obligar a cientos de tucumanos a abandonar el territorio, se atacaron las bases materiales e intelectuales que sostenían esa organización colectiva y cultural. 

 

Años después, el Operativo Independencia y la dictadura del 76 profundizaron ese plan. El terrorismo de Estado tuvo entre sus objetivos centrales a los trabajadores azucareros y a sus dirigentes sindicales, casi el 40% de los desaparecidos tucumanos fueron obreros y sindicalistas. El disciplinamiento no se limitó a controlar cuerpos; la finalidad fue disciplinar a la sociedad tucumana. 

 

Las consecuencias de esa destrucción forman parte de nuestra cotidianidad. No solo se modificó la estructura económica de Tucumán, también se moldeó la memoria social, condicionando los modos en que nos vinculamos con el trabajo, la política y la organización social. A su vez, se modificó la manera en que habitamos toda la provincia, en la que nos relacionamos con nuestra historia y nuestro arte. Se fue construyendo una sociedad acostumbrada a la desigualdad, tolerante con las prácticas abusivas y distante de las tradiciones de organización popular que marcaron nuestra historia. La invisibilización de la historia obrera es la victoria de los represores. Si hoy las nuevas generaciones no somos conscientes de la potencia de la capacidad de organización obrera no es casualidad. La derrota de la clase trabajadora azucarera fue también la derrota de un proyecto de provincia donde los sectores populares tenían una capacidad real de incidencia política.

 

Las marcas de ese proceso pueden observarse todavía hoy, el poder sigue reprimiendo, persiguiendo e individualizando a los tucumanos. Las prácticas de poder institucionales continúan encontrando legitimidad en una cultura política moldeada por décadas de disciplinamiento. La criminalización de la protesta, los abusos policiales, las detenciones arbitrarias, el hostigamiento a los sectores populares y la tendencia a responder con mecanismos punitivos frente a problemas sociales no pueden ser analizados por fuera de esa historia. Hoy siguen avaladas de un discurso que crea a cualquier tipo de organización social como enemiga, y es reprimida con toda la fuerza institucional.

 

A 60 años del cierre de los ingenios, hay que comprometernos en más que investigar y conmemorar. Hay que visibilizar cómo la transformación de la economía fue acompañada por una transformación de las relaciones sociales y políticas que ha costado sangre obrera y también costó la destrucción de nuestra cultura. La provincia que perdimos no fue únicamente una provincia industrial. Fue también una provincia donde los trabajadores organizados constituían una fuerza capaz de disputar el poder. La destrucción de la cultura obrera azucarera puede leerse como uno de los procesos de disciplinamiento social más profundos de la historia tucumana contemporánea, y que de alguna manera, ha cumplido su cometido. 

 

La memoria de la cultura obrera azucarera sigue representando un peligro porque demuestra que en Tucumán hubo un tiempo donde los trabajadores se reconocieron como protagonistas de su propia historia y eran poseedores de poder. Y porque recuerda la potencia de nuestra clase obrera. Mantengamos viva nuestra historia por nuestro poder popular y por quienes dieron la vida por él.