Juventud y salud mental: Transformar el sufrimiento en proyecto colectivo

En el panorama social nacional e internacional encontramos que el padecimiento subjetivo adquiere formas cada vez más visibles, extendidas y preocupantes. Se observan diferentes expresiones de angustia, pánico, ansiedad, falta de referencias e identificaciones y transformaciones en los lazos sociales y se vislumbra un fenómeno: la ausencia -casi- total de una perspectiva de futuro esperanzador para las juventudes. O, lo que es aún más desesperante, la idea de que ese futuro es cada vez peor.

 

¿Qué lugar hay para las juventudes en nuestro este mundo? 

 

Desde una perspectiva psicoanalítica se puede afirmar que sin un otro no hay posibilidad de constitución psíquica. Pero el concepto de subjetividad, que es al cual vamos a referimos en esta nota, contiene otros elementos importados de distintas disciplinas. Silvia Bleichmar (1999) dice que la constitución psíquica incluye variables propias del psicoanálisis, como la pulsión, la represión, el inconsciente. Pero la subjetividad se constituye en un entramado simbólico. ¿Qué quiere decir esto? Que no es de orden natural, sino profundamente histórico-social. Lo que a primera vista parece “rodear” al sujeto, en realidad lo atraviesa, lo constituye como tal. Enrique Guinsberg (1998) explica que no existe cultura que pueda aislarse de la subjetividad que la sostiene, hay una mutua determinación y producción entre ambas. En este punto, el capitalismo es mucho más que un sistema económico, un modo de producción y organización social de la vida: es un productor de subjetividades.

 

Los modos de existir, de amar, de sufrir, de desear, incluso de morir, se producen en condiciones históricas determinadas. El sufrimiento no puede pensarse como un problema individual, como nos quieren vender algunas terapias destinadas a reproducir la normalización y el silenciamiento del síntoma y del conflicto. Cada sujeto sufre de manera singular, pero las formas que adquiere ese malestar están determinadas históricamente. Si la incertidumbre, la ansiedad, la depresión se vuelven experiencias masivas, hay que empezar a ver la organización social que las hace emerger. Verla y cuestionarla.

 

El capitalismo, ante la necesidad imperiosa de concentrar aún más riqueza en pocas manos, profundiza mediante todas sus herramientas la explotación y la opresión sobre los trabajadores y la juventud. La avanzada reaccionaria de la ultraderecha acelera un proceso de descomposición que nos empuja cada vez más a la barbarie.

 

El futuro distópico, apocalíptico no se presenta disruptivo y espontáneo. Ya vemos indicios en todos lados: en genocidios televisados como el de Palestina, en los pueblos hambreados con territorios explotados, en guerras regionales, catástrofes naturales. Son realidades explícitamente siniestras. Pero sobre todo se pueden palpar indicios menos espectaculares y más cotidianos, que se manifiestan en las problemáticas de salud mental. 

 

Hay tres datos preocupantes: en primer lugar, el suicidio es la segunda causa de muerte entre adolescentes y jóvenes de entre 15 y 29 años; en segundo lugar, seis de cada diez adolescentes asocian la salud mental con la ansiedad y la depresión; por último, uno de cada cinco jóvenes de entre 15 y 24 años afirma experimentar síntomas compatibles con la depresión y anhedonia. 

 

Estos números tienen correlato con las condiciones materiales de existencia de la juventud. La precarización laboral extrema, el pluriempleo, las tareas de cuidado, la imposibilidad de acceder a una vivienda propia, las dificultades cada vez mayores para ingresar, permanecer y egresar en los estudios, y en escala aún mayor, la amenaza constante que representa la crisis climática, son componentes de este escenario. 

 

En Argentina, la informalidad laboral alcanzó el 44,2% de los trabajadores en el primer trimestre de 2026, mientras que la desocupación abarcó un 7,8%. En el ámbito universitario, la tasa de deserción se agravó con alrededor de un 50% de ingresantes que abandonan sus estudios en el primer año. Mientras tanto, los clubes de los barrios se vacían, los centros de salud comunitaria se desbordan, cierran dispositivos destinados a adolescencias y juventudes y hay una larga fila de etcéteras. 

 

En definitiva, la precarización, el ahogamiento presupuestario de la educación y la salud pública, el desfinanciamiento de la cultura, la criminalización de la protesta, la violencia, la represión, los discursos de odio, meritocráticos e individualistas constituyen prácticas que profundizan la transformación de los lazos sociales y el desamparo. Son expresiones que dejan al descubierto el corazón del proyecto político de la ultraderecha subordinada al imperialismo, que para garantizar sus ganancias y dominación política necesita desmantelar las condiciones de posibilidad -materiales y simbólicas- que habilitaban, aunque parcial y contradictoriamente, a que las juventudes trabajadoras y de los sectores populares podamos proyectar horizontes posibles, diversos y colectivos.

 

Bleichmar lo plantea con claridad:

 

“lo brutal de los procesos salvajes de deshumanización consiste, precisamente, en el intento de hacer que quienes los padezcan no sólo pierdan las condiciones presentes de existencia y la prórroga hacia adelante de las mismas, sino también toda referencia mutua, toda sensación de pertenencia a un grupo de pares que le garantice no sucumbir a la soledad y la indefensión. Y es allí, en esta renuncia a la pertenencia, a la identificación compartida, donde se expresa de manera desembozada la crisis de una cultura, y la ausencia en ella de un lugar para los jóvenes”  (Silvia Bleichmar, 2001) 

 

Esto último resuena y es fundamental. “La ausencia en ella de un lugar para los jóvenes”. Hay una táctica que replicamos bastante los acompañantes terapéuticos, que es devolver la pregunta al emisor, darla vuelta. Apliquemos esa táctica a la siguiente cuestión: si este sistema económico, productivo, cultural y social, no tiene lugar para nosotrxs, los jóvenes ¿por qué nosotrxs no inventamos los lugares para la ausencia de este sistema? 

 

Retomando a la autora que ilumina este escrito, Bleichmar (2006) decía que “(…) si uno educara para las condiciones actuales, educaría psicópatas…es necesario educar para el futuro, no sobre las condiciones existentes, sino las que hay que crear”. 

 

Es una tarea enorme crear condiciones. Al mismo tiempo, esa creación se viene gestando hace varias generaciones que nos antecedieron, los subalternos de la sociedad. Todos los caminos predeterminados por el orden actual conducen al conformismo de sobrevivir, cada vez con menos, cada vez más solxs. Nos llevan a bajar la vara y las expectativas, y sobre todo, a anular la imaginación. Frente a eso, el reconocimiento del otro como semejante, recuperar la potencia del lazo para construir experiencias nuevas es una estrategia y una posición ético-política.

 

Hay una frase muy popular de Freud donde dice que una persona saludable es aquella que tiene la capacidad de amar y trabajar. Hoy muchos psicoanalistas la desmienten, diciendo que es una frase inventada que instaló otro autor, Erik Erikson. Sea verdad o no, celebramos que se haya popularizado. La vamos a reivindicar y adaptar a nuestros tiempos: primero hablar de amor en sus múltiples formas, ya sea de orden familiar, sexoafectivo, amistoso o de camaradería. Y trabajar, no en términos capitalistas de productividad en base a una medida rentable, sino de producir y crear tanto en términos singulares como grupales herramientas, modos, ideas, políticas para pensar proyectos colectivos posibles. 

 

Porque la salud mental no es una cuestión individual, tampoco es un estado de plenitud que uno pueda alcanzar alguna vez. Eso es un imposible tanto para el psicoanálisis como para el marxismo, un aspecto más de las falsas conciencias que produce el capitalismo. La salud mental es parte de un horizonte de salud integral, de los sujetos y de las poblaciones, que implica una dinámica de construcción social distinta, solidaria, digna, respetuosa y comprometida. Quizás esta sea una de las tareas éticas y políticas más urgentes de nuestro tiempo. Nuestro tiempo, que es hoy. 

 

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Bleichmar, S. (1999/2004). “Entre la producción de subjetividad y la constitución del psiquismo” https://silviableichmar.com/entre-la-produccion-de-subjetividad-y-la-constitucion-del-psiquismo/ 

Bleichmar, S. (2001). La difícil tarea de ser joven. Topía. Psicoanálisis, Sociedad y Cultura, 11(32). https://www.topia.com.ar/articulos/la-dif%C3%ADcil-tarea-de-ser-joven

Bleichmar, S. (2006). La construcción de las legalidades como principio educativo [Conferencia]. Observatorio Argentino de Violencia en las Escuelas, Ministerio de Educación de la Nación. https://backend.educ.ar/refactor_resource/get-attachment/23449?disposition=inline

Guinsberg, E. (1998). Acerca de la subjetividad. Topía. Psicoanálisis, Sociedad y Cultura. https://www.topia.com.ar/articulos/acerca-de-la-subjetividad

UNICEF Argentina. (2022, 10 de octubre). La juventud sin preocupaciones: Los problemas de salud mental en la adolescencia. https://www.unicef.org/argentina/historias/la-juventud-sin-preocupaciones-los-problemas-de-salud-mental-en-la-adolescencia

UNICEF Argentina. (2024, 16 de octubre). #MunaTeEscucha: Las y los adolescentes alzan su voz para hablar de salud mental. https://www.unicef.org/argentina/historias/muna-te-escucha