
Las Universidades Nacionales de Argentina se están levantando en (sus) armas. Aquí y allá se convocan a asambleas en los sindicatos, se discuten planes de lucha, se llevan a cabo acciones directas, desde paros hasta clases públicas pasando por marchas, ruidazos y cortes de calle. El 27 de este mes se organizó un corte de calle frente al Rectorado de la UNR donde hubo clases públicas, seguidas de una asamblea interfacultades e interclaustro. Surgió de manera autoconvocada desde la Facultad de Humanidades y Artes, debido a que el centro de estudiantes de la susodicha casa de estudios es peronista y está en alianza con los altos cargos.
Todo este movimiento surgido bajo la lógica de la desesperación y la necesidad organizada es apreciado en amplios sectores de la población como un ejercicio contradictorio. La paradoja que establece la derecha se basa en la fórmula luchan por la educación sin educar. El sentido común diría luchen por la educación educando. Incluso algunos sectores del propio campo crítico tienden a decir parando les dan motivos al gobierno para tratarnos de inútiles.
Sin embargo, cabe destacar que la dinámica de la clase pública es mucho más formativa que la clase dictada en un marco institucional. Esto, porque tenemos que entender que la educación pública sufre, además de un brutal ajuste presupuestario, un estancamiento en sus formas de educar y operar con el saber.
Una clase pública propone diferentes escenarios (el espacio público, propiedad de estudiantes y docentes como de transeúntes y comerciantes), jerarquías (todos al mismo nivel, utilizando el mismo mobiliario: sillas plásticas) y fluctuaciones (del discurso expositivo del docente al intercambio libre de opiniones basadas tanto en bibliografía como en experiencias y deseos). En un paro docente se aprende más que en una clase en un aula.
La dinámica de las clases públicas no es menor. Pensarán aquellos opinadores influidos por los discursos de derecha que no vale igual que la exposición dictada en un encierro áulico, temporalmente definida y espacialmente controlada. Dirán aquellos opinadores de centro que la clase pública es un gesto tierno, romántico incluso, que llena de contenido una acción de lucha que de otro modo sería calificada de inútil y golpista (los de centro siempre tienen miedo a otra cosa que no sea el status-quo). Nosotros, los estudiantes, los docentes, quienes realmente vivimos en carne propia el ajuste salarial como la falta de clases por culpa de un gobierno criminal (puesto que no ejecuta leyes dictadas constitucionalmente), entendemos que las clases públicas son la forma de la educación que hoy sirven como interrupción al ejercicio del poder verticalista de la institución académica, pero que algún día, cuando todo sea como lo soñamos, será la forma que el saber adquiera para realizarse definitivamente.