
Mucho se habla de que en literatura, por culpa de la lógica de consumo, se lee mucho y se goce poco. Esto es una realidad. El contra-programa, entonces, sería leer menos y pensar más. Sin embargo, pensando de manera dialéctica, estos dos polos de la práctica de la lectura (el consumo acelerado, la reflexión meditabunda) pueden y deben generar una síntesis en la práctica de cómo abordamos la literatura.
La izquierda (si podemos seguir pensando en una) tiene una relación cuanto menos conflictiva con el goce. Esto principalmente porque las prácticas placenteras entran en contradicción (ética, diría yo) con el modo de producción porvenir. Nuestros placeres son placeres capitalistas, porque no hay nada fuera del capitalismo. Entonces la idea de pensar un goce por fuera de las lógicas del capital implicaría un ermitañismo que, al fin y al cabo, termina por ser ineficiente 1) para la propia existencia en sociedad y 2) para la construcción de un sentido post-capitalista.
Ni el placer ni el deseo, por tanto, son una salida al capitalismo en sí mismas. No existe una práctica “grado-cero” desprovista del signo de lo económico, lo cultural, lo social o lo ideológico. A riesgo de revivir debates viejos en el campo y retomar inocuamente filosofías bastante mal leídas en la actualidad, una manera de reestructurar las herramientas que ostenta el poder es el devenir de la práctica en compromiso y disciplina.
Una lectura disciplinada es una lectura militante. El establecimiento consciente de reglas, plazos, espacios y modos que median entre el sujeto y aquello que lee configuran un marco dentro del marco, un espacio de resistencia creado dentro del capitalismo con las armas del capitalismo. Ponerse un límite de páginas, un mínimo de tiempo, un espacio preferido, no para incrementar el número de libros leídos si no para volver trabajo la lectura. Un ejercicio que modifique al lector y le devuelva algo que siempre fue suyo: el control sobre su propio estar en el mundo.
Las victorias contra el capitalismo no siempre son derrotas gubernamentales o vienen de fuerzas excéntricas, pero de eso se trata: batalla tras batalla, en lo cotidiano y lo íntimo como en lo social y colectivo. Batalla tras batalla hasta el comunismo. Siempre.