Si no fuera por los comunistas ustedes hablarían alemán

A 80 años de la toma de Berlín por el Ejército Rojo, la derrota del nazismo vuelve a ser objeto de disputa política. Estados Unidos intenta reescribir la historia para legitimar su hegemonía imperialista afirmando que ellos liberaron Europa del nazi-fascista, negando el sacrificio de millones de combatientes soviéticos y de los pueblos organizados. Nos vemos en la obligación de recordar que fue el socialismo, y no el imperialismo, quien quebró al fascismo y cambió el rumbo del siglo XX.

24.01.2026

El 2 de mayo de 1945 culminó la toma de Berlín por parte del Ejército Rojo, hecho que obligó a las fuerzas nazis-fascistas a rendirse y marcó el colapso definitivo del Tercer Reich. La entrada de las tropas soviéticas a la capital alemana y la batalla por el Reichstag precipitaron el suicidio de Adolf Hitler, sellando la derrota política y militar del nazismo en Europa.

 

Aunque Estados Unidos fue aliado en la guerra contra el Eje, la ofensiva soviética sobre Berlín fue el golpe decisivo que quebró al régimen hitleriano. Sin embargo, en el marco de una nueva disputa geopolítica, Washington ha intentado reescribir este proceso histórico, presentándose como el principal “libertador” de Europa. En los últimos días, Donald Trump volvió a sostener ese relato, retomando una narrativa que se consolidó durante la Guerra Fría para deslegitimar al bloque socialista encabezado por la Unión Soviética.

 

El avance del Ejército Rojo fue el resultado de una estrategia militar planificada y sostenida, encabezada por el mariscal Gueorgui Zhúkov, cuyas operaciones infligieron las mayores derrotas al ejército nazi en el frente oriental. Más del 80 % de las bajas alemanas se produjeron en combates contra las fuerzas soviéticas, un dato sistemáticamente omitido por la propaganda occidental.

 

La rendición alemana no fue una concesión diplomática, sino el resultado de la derrota total de sus fuerzas armadas frente al poder militar y popular de la URSS.

 

Estados Unidos sí logró forzar la rendición de Japón, pero lo hizo mediante el uso de armas de destrucción masiva. En agosto de 1945, lanzó dos bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, arrasando ciudades enteras y asesinando a cientos de miles de civiles. Aquella decisión reveló una lógica imperial que, lejos de defender la vida, consolidó un modelo de dominación basado en el terror y el castigo colectivo.

 

La derrota del nazifascismo no fue obra exclusiva de un solo país. En distintos territorios de Europa, los movimientos comunistas y partisanos encabezaron la resistencia armada:

 

  • En Yugoslavia, los partisanos dirigidos por Josip Broz Tito liberaron gran parte del país.

  • En Italia, los comunistas lideraron la insurrección que terminó con el régimen de Benito Mussolini.

  • En Alemania, la victoria fue posible por el sacrificio de millones de combatientes soviéticos.

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Mientras los sectores democristianos y socialdemócratas pretendían juzgar a Mussolini bajo la legalidad burguesa, los partisanos comunistas lo ajusticiaron en nombre del mandato popular, dejando una imagen que simbolizó el fin del fascismo italiano.

 

Las recientes declaraciones de Trump se produjeron tras las respuestas de la Unión Europea a las amenazas de Estados Unidos contra Dinamarca, por la soberanía del territorio de Groenlandia. Desde Washington, el exmandatario sostuvo que Europa “le debe su libertad” a Estados Unidos, utilizando la historia como justificación para nuevas formas de dominación.

 

Este revisionismo no es casual: busca legitimar un nuevo proyecto imperial, hoy expresado en iniciativas como la llamada “Nueva Gaza”, una ciudad artificial proyectada sobre tierras palestinas bajo ocupación israelí. A esto se suma la propuesta de una “Junta de Paz” internacional, pensada como una estructura paralela a la ONU, que permita a Estados Unidos actuar sin límites jurídicos.

 

Lejos de ser un fenómeno del pasado, el fascismo reaparece hoy bajo nuevas formas: militarización, vigilancia, persecución política y despojo territorial. Las comparaciones entre agencias represivas actuales —como el ICE— y los métodos de control del siglo XX no son retóricas, sino advertencias.

 

La historia es clara: quienes derrotaron al fascismo fueron los pueblos organizados y el socialismo. Frente a su reaparición, no alcanza con la memoria. Hace falta una respuesta colectiva y emancipadora.

 

Bifo Berardi plantea que a la segunda venida del fascismo reconfigurado es necesario enfrentarle con una segunda venida del comunismo. Razón no le falta.