El internacionalismo como respuesta para enfrentar la Doctrina Donroe

La agresión militar de EEUU contra la República Bolivariana de Venezuela, que se produjo en la madrugada del sábado 3 de enero, modifica radicalmente el escenario en nuestra región. Si bien los acontecimientos están en desarrollo, en la presente nota, intentaremos desarrollar algunos pensamientos urgentes sobre esta nueva etapa que se abre y los peligros que nos acechan.

23.01.2026

El segundo mandato de Trump implica el abandono definitivo del multilateralismo ante un uso directo de la fuerza. En ese contexto, el orden institucional creado con posterioridad a la Segunda Guerra Mundial viene siendo desmontado a pasos agigantados por el mandatario estadounidense, pese a que el deterioro de dicho orden data de antes de su llegada. En efecto, luego del ataque a Venezuela y secuestro de su presidente, Trump anunció el retiro de EEUU de 66 organismos multilaterales.  

Los históricos programas de intervención yanqui como USAID (herramienta tradicional de los demócratas) fueron suspendidos precisamente porque ya no resulta necesario fingir una mascarada democrática. Hoy el ejercicio del poder imperial se ejerce de manera desembozada porque la finalidad es reconfigurar nuestro continente y, esencialmente, disciplinar.  

 

De esta manera, asistimos al retorno del expansionismo territorial, con claras reminiscencias al siglo XIX. Se trata del viejo colonialismo asumido sin ningún tipo de ambages porque la historia se repite, primero como tragedia y luego como farsa. Por tal motivo, Trump decidió desempolvar la doctrina Monroe y actualizarla a los desafíos imperiales del siglo XXI: “Doctrina Donroe.”  

 

A finales de diciembre de 2025, se publicó la Estrategia de Seguridad Nacional de 2025 (ESN 2025) en la cual Trump se refiere a los países latinoamericanos como los países del “hemisferio occidental.” Procura hacer cumplir la Doctrina Monroe para que nuestra región sea “lo suficientemente estable” y esté “bien gobernada.” Las preguntas que deberíamos hacernos es qué tipo de estabilidad busca y para qué.  

 

En cuanto a la primera, se trata de una estabilidad de gobiernos de un mismo signo político: ultraderecha sin ningún tipo de compromiso con la soberanía en sus respectivos países. Drásticamente, el mapa se va tiñendo del color que quiere Trump, es decir, una estabilidad alineada a sus intereses. Respecto de la finalidad perseguida, sólo mediante la paz de los cementerios puede asegurarse el saqueo de nuestros recursos estratégicos, a través de una relación metrópolis-colonias. Quizás allí radique el motivo por el cual EEUU avanzó con el secuestro del presidente Maduro: busca el quiebre del gobierno, pero no apostó por una ocupación permanente ni un cambio de régimen, a fin de evitar una situación ingobernable y contraproducente para sus intereses. Todo eso está por verse y está en desarrollo. 

 

La Doctrina Donroe es la ley del más fuerte, es decir, la de EEUU. La extraterritorialidad de la justicia estadounidense para juzgar a un presidente extranjero secuestrado en un operativo militar es la muestra palmaria de que se terminó la época de la diplomacia. Los acuerdos que se arriben con EEUU serán bajo la amenaza de bombardeos, bloqueo naval o terrorismo financiero como en el caso de Argentina. Si queda alguna duda, Trump se encargó de decir expresamente que no necesita el derecho internacional” 

 

La muerte de las instituciones globales va de la mano con la clausura democrática en los países gobernados por la ultraderecha que tradujeron literalmente en sus territorios la base teórica que fundamenta al trumpismo: la democracia no sólo es incompatible con el capitalismo, sino también es un obstáculo para el desarrollo del capital. Sobre este tema, a modo de síntesis, recomiendo el video adjunto de Natalí Incaminato en el cual hace una interesante reseña.

 

Uno de los pensadores de la ultraderecha norteamericana es Curtis Yarvin, un mega millonario proveniente del mundo de las nuevas tecnologías que hoy copan la agenda del poder imperialista. Según Yarvin, “se necesita una dictadura corporativa para reemplazar a una democracia moribunda” porque, en su concepción, la democracia liberal es corrupta e ineficiente y, en lugar de reformarla, plantea una reestructuración radical mediante políticas de privatización. Asimismo, ya en 2008, y bajo el seudónimo de “Mencius Moldbug”, escribió en su blog que era necesario desarrollar una nueva modalidad de gobierno colonial, no para instaurar la democracia, sino para hacer “rentable” la gestión imperial de territorios extranjeros. En sus términos, esta forma de gobierno se denomina “Neocameralismo”, en la cual el “Monarca-director ejecutivo” gobierna con un enfoque en la rentabilidad, es decir, un gobierno colonial como analogía para una administración estable de los territorios. 

 

Peter Thiel también es un gurú de Silicon Valley y otro de los sostenes teóricos del trumpismo. Considera que el progreso exige decisiones que pueden ser impopulares, liderazgos fuertes para que las mayorías sociales no interfieran en la planificación de las élites económicas lideradas por las tecnológicas. En su pensamiento se combina libertarianismo económico (inexistencia de regulaciones) y darwinismo social. Existe un desprecio absoluto por las instituciones de la democracia liberal y un empoderamiento total de una casta tecnológica y de una élite económica que estaría destinada a liderar. 

 

En consecuencia, el trumpismo es la confluencia de diversos sectores ideológicos neoconservadores, abiertamente fascistas, supremacistas provenientes del sector tecnológico, petrolero, entre otras fracciones del capital. Si bien pueden tener diferencias en las estrategias, la coincidencia es total en cuanto al objetivo colonizador y expansionista sea de EEUU o del capital que dirige al país del norte. Por ejemplo, desde Elon Musk reivindicando el golpe de estado contra Evo Morales en 2019 y asumiendo públicamente que se hizo por el litio hasta Erik Prince, el líder del ejército privado más grande del mundo, que viene esbozando los principios de una nueva doctrina imperial, bajo el lema Bring Back Colonialism (Recuperemos el colonialismo). Por su parte, Stephen Miller, jefe adjunto de personal y asesor de seguridad nacional de la administración Trump, tras la agresión militar a Venezuela, escribió en ex twitter que “Poco después de la Segunda Guerra Mundial, Occidente disolvió sus imperios y colonias y comenzó a enviar enormes sumas de ayuda financiada por los contribuyentes a estos antiguos territorios (a pesar de que ya los habían enriquecido y les había dado un mayor éxito). Occidente abrió sus fronteras, una especie de colonización inversa, proporcionando asistencia social y, por ende, remesas…”  

Mientras las ultraderechas globales, alineadas con los intereses del imperialismo yanqui y sus élites económicas decretaron el fin de las democracias liberales y cada día asumen mayor grado de radicalidad, desde el campo popular en América Latina, seguimos aferrados a un mundo que ya quedó atrás y a instituciones multilaterales que nunca dieron resultado. ¿Cuál fue acaso la respuesta de la OEA ante el golpe a Evo en 2019? ¿Cuál es la intervención efectiva de la ONU para detener el genocidio en Gaza? Ni hablar del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, cuyo mecanismo de poder de veto de las potencias es la causa de la inacción.

 

Estamos en un contexto de desorientación sobre qué rumbo tomar y qué herramientas emplear para cambiar este presente peligroso, pero contamos con algunas certezas. Una de ellas es que no podemos esperar absolutamente nada de los organismos multilaterales y de los tratados internacionales; hoy son letra muerta. Eso no quiere decir que se abandone la posibilidad de dar alguna batalla allí pero no debemos quedar atados a esa única alternativa. Por eso, la respuesta de los gobiernos progresistas en América Latina, ante la agresión militar contra Venezuela, pareció tibia.

 

En algún momento de la historia olvidamos que instituciones como la OEA siempre fueron un “Ministerio de las Colonias norteamericanas”, como bien nos enseñó el Che Guevara. Otra certidumbre es la constatación de que es imposible trazar una alianza con las burguesías locales en nuestro continente porque todas ellas son dependientes cultural y políticamente de EEUU. El caso de la burguesía brasileña que integra el gobierno del PT es la excepción y no la regla en la región. 

 

Si las ultraderechas desempolvan categorías viejas de pensamiento del siglo XIX como la Doctrina Monroe, desde este lado también tenemos que recuperar ciertas tradiciones que se perdieron en las últimas décadas. Hay que traer al presente una práctica antiimperialista consecuente, actualizada pero igual de combativa como lo fue en otras etapas del continente. Si la diplomacia está muerta y el multilateralismo es estéril, urge recrear un nuevo internacionalismo. Los 32 combatientes de Cuba, que cayeron en Venezuela el 3 de enero, son una muestra cabal de esa solidaridad que no reconoce fronteras al igual que las brigadas sanitarias y educativas de la Revolución Cubana.  

 

Es un momento crucial para este continente porque vuelve a discutirse abiertamente ser patria o colonia y, por tal motivo, las peleas no pueden darse en soledad. La respuesta a tamaña amenaza debe ser radicalizar la solidaridad e integración ya no de los Estados latinoamericanos porque hay gobiernos de distintos signos y, además, necesitamos desbordar las estructuras estatales. Se trata de construir redes de apoyo concreto entre las organizaciones sociales, gremiales, feministas y estudiantiles del continente con vocación internacionalista. Necesitamos llevar a la práctica una herramienta transnacional de los pueblos para la articulación de quienes resisten en América Latina, a fin de compartir experiencias de luchas sociales. 

 

Si el Corolario Trump a la Doctrina Monroe necesita estabilidad en la región para ejercer su despojo sobre nuestros territorios y cuerpos, el internacionalismo que le debemos oponer tiene que buscar la agitación en los países donde gobiernan sus títeres. La respuesta no puede ser otra que la conflictividad social radicalizada. En aquellos países donde todavía quedan gobiernos no alineados con EEUU, la finalidad de esta internacional de los pueblos debe ser presionarlos para que denuncien con mayor firmeza la agresión colonialista y para que asuman un rumbo de mayor confrontación y transformación social. 

 

Queda claro que, para esta etapa, es necesario pensar la integración latinoamericana en clave anticolonial. También urge pensar estrategias para ampliar la batalla a todo el denominado Sur global. En África, precisamente en el área del Sahel, se están dando peleas interesantes en esa misma clave contra todo tipo de imperialismo. En efecto, el mismo día que secuestraron a Maduro, se produjo un intento de golpe contra Ibrahim Traoré en Burkina Faso

 

En Mensaje a los Pueblos del mundo a través de la Tricontinental, el Che decía que  “si todos fuéramos capaces de unirnos, para que nuestros golpes fueran más sólidos y certeros, para que la ayuda de todo tipo a los pueblos en lucha fuera aún más efectiva, ¡qué grande sería el futuro, y qué cercano!” 


A la doctrina colonialista de EEUU y a los parásitos que eligen de virreyes no los vamos a derrotar con la democracia liberal que ellos mismos ahora desprecian, sino con una nueva radicalidad que rescate lo mejor de nuestra tradición internacionalista y antiimperialista.