
A contramano del capitalismo, el 11 de enero de 1929, el Partido Comunista de la Unión Soviética decreta que oficialmente se implantaba la jornada laboral de siete horas. Fue una medida histórica que expresó, en términos concretos, el principio socialista de que el trabajo debía estar al servicio de la vida y no la vida sometida al trabajo. Por lógica, el capitalismo se opuso a cualquier intento de reducción de jornada laboral en Occidente, expresando la lógica meritocrática de “trabajar más para ganar más”. Sin embargo, el éxito soviético hizo que muchos países se vieran obligados a reducir las jornadas laborales.
Esta conquista fue resultado de la lucha del movimiento obrero y de una planificación económica orientada a reducir la explotación, mejorar la salud general —con fuerte hincapié en la salud mental— de la clase trabajadora y ampliar el tiempo libre para la formación, la participación política y la vida cultural. En un mundo capitalista marcado por jornadas extenuantes y salarios de miseria, la reducción del tiempo de trabajo sin rebaja salarial fue una ruptura radical con la lógica del lucro. Como resultado, generó un amplio desarrollo de las fuerzas productivas y un mayor crecimiento de la economía soviética.
La jornada de siete horas en la URSS mostró que otro orden social era posible: uno donde los avances productivos se traducían en derechos y bienestar para las mayorías, y no en mayores ganancias para una minoría. A casi un siglo, esta experiencia sigue interpelando los debates actuales sobre la reducción de la jornada laboral, recordando que cada derecho conquistado nace de la organización y la lucha de la clase trabajadora. Por ejemplo, México avanza en reformas de este tipo, que, más allá de las buenas intenciones de la 4T y Claudia Sheinbaum, encuentran su raíz en las luchas del movimiento obrero organizado.
A contramano de la historia y su progreso, Elon Musk propuso una jornada de 120 horas, es decir, 24 horas al día. Si bien fue tomado como una exageración, gobiernos como el de Javier Milei en Argentina proponen aumentar la jornada de 8 h a 12 h en la nueva reforma laboral. En este sentido, la derecha griega ya avanzó con una reforma similar que amplía la jornada hasta 13 h diarias. El argumento es que si querés ganar más, debés laburar más; la realidad es mayor plusvalor para la burguesía y el mismo índice de ganancia para la clase obrera, pero con menos tiempo como para disfrutar del derecho a tiempo libre u organizarse como clase.
Obviamente, el objetivo del capitalismo moderno al aumentar la jornada laboral es una revancha histórica por las conquistas que supo lograr la clase obrera en sus mejores momentos. La URSS, aun con sus errores, representó el mayor avance de la humanidad progresista, ya que su amenaza de un socialismo internacional obligó al capitalismo a mejorar las condiciones laborales y de vida de la clase obrera con el objetivo de evitar nuevas revoluciones socialistas que pusieran en quiebre las relaciones de producción. Al desaparecer la URSS, y con una China que tiene extensas horas de jornada laboral, las élites burguesas encuentran margen para avanzar en las reformas laborales regresivas.
Es por ello que planteamientos como el de Mélenchon en Francia cuando propuso el “derecho al tiempo libre” o las reducciones de las jornadas laborales que impulsa la 4T en México desde el gobierno de Andrés Manuel López Obrador son necesarias para debatir qué futuro queremos. Si bien sabemos que no alcanzan si no están acompañadas de otras reformas progresivas para la clase obrera, es un avance progresivo que haya aún ejemplos en Occidente de estas conquistas que hace casi 100 años los comunistas supimos conquistar y hoy se ven amenazadas porque las élites burguesas quieren retrotraernos a la época del esclavismo.