• Por José Sagasti

Nos encontramos ante una de las mayores embestidas del poder económico concentrado de nuestra historia solamente comparable con la etapa de Martínez de Hoz en la dictadura cívico-militar y con el tándem Menem-Cavallo. Ante esta situación, escribimos estas líneas urgentes para pensar y organizar la respuesta que sea proporcional a la agresión de la cual somos objeto.

El orden neoliberal que atravesó la década de los 90 empezó a sufrir grietas a través de distintas puebladas que, con mayor o menor éxito, cuestionaron el orden imperante. El Santiagazo de 1993 fue quizás la primera gran revuelta popular que fue seguida por Cutral-Có y Plaza Huincul entre 1996 y 1997, Corrientes hacia finales de 1999 y en Tartagal y General Mosconi años más tarde en Salta. Este fenómeno se extendió por todo el país con las Marchas Federales y la aparición del Movimiento Piquetero.

Al surgimiento del movimiento de desocupados se le sumó también la lucha de HIJOS y los escraches contra la impunidad de los genocidas que consagraron los indultos menemistas. El rock nacional y la cultura también jugaron su papel en la resistencia mediante los recitales que brindaron en apoyo a las Madres de Plaza de Mayo y concientizaron a una juventud que empezaba a rebelarse. Toda esa construcción social que se dio desde abajo emergió hacia finales de 2001, en las jornadas históricas de 19 y 20 de diciembre.

Durante años, una parte del campo popular pretendió dejar en el olvido la rebelión de 2001 o recordarla solo como una crisis social y nada más. Si bien es cierto que es el corolario de las políticas de ajuste, desocupación, hambre y represión con decenas de muertos, también fue una interesante experiencia de alianza entre sectores medios y desocupados, ollas populares, solidaridad y el desafío al estado de sitio que declaró de la Rúa y que terminó con su caída. Durante casi 20 años, el neoliberalismo estuvo en retirada y fue mala palabra en nuestro país.

Hoy nos encontramos desorganizados y sin reacción, mientras el capital concentrado busca disciplinar al movimiento popular y asestarle una derrota histórica y definitiva. “Es lo que Argentina necesita”, resumió el dueño del Grupo Techint ante casi 1.000 petroleros que apoyan las políticas de Milei. Tal como señaló Alejandro Bercovich en su nota periodística publicada el domingo en DiarioAr, el programa de la clase dominante es achicar el Estado a la mitad de su tamaño y estabilizar el salario promedio en torno al nivel actual, 25% más bajo que el promedio de la convertibilidad y 40% inferior al pico de 2015.

Ante semejante amenaza, la UOM ya realizó un paro de 72 hs. con movilización en Campana y contaron con la presencia de las seccionales de La Matanza, San Nicolás, Luján, Quilmes, Villa Constitución, La Plata, Bragado, Morón y Vicente López, entre otros. A los metalúrgicos amenazan con sumarse esta semana los empleados de las distribuidoras de gas de 13 provincias que no consiguieron recomposiciones salariales. Lo mismo sucede con los trabajadores del sector público que ya se encuentran en estado de alerta y movilización ante los anuncios de decenas de miles de despidos. A todo esto, deben sumarse las bajas de los beneficiarios del Potenciar Trabajo y el ajuste en comedores.

¿Cómo unificar la bronca y los reclamos que hoy se empiezan a producir? Se necesita urgentemente un paro general con movilización. Sin embargo, esto debe ser sólo el inicio de la contraofensiva de las clases populares. Hay que organizar por abajo la resistencia y lograr la mayor unidad social de los agredidos, aprendiendo de las lecciones que nos dejaron los 90 y el 2001. Las asambleas populares y barriales como método de organización, los ruidazos vecinales con intervenciones culturales y toda herramienta de poder popular que sirva para reconstruir el tejido social y los lazos comunitarios que estas políticas neoliberales vienen a romper.

Contra la salvajada que estamos viviendo no alcanzan las instituciones de un sistema que se ve impotente y condicionado por los grupos económicos que están envalentonados. La democracia se ejerce en las calles, con el pueblo y sus organizaciones en estado de movilización y agitación.

De encontrarnos en la calle y de forjar la unidad en la resistencia, saldrá el programa que necesitan las grandes mayorías populares que abarque desde un salario básico universal, derecho a la tierra, techo y trabajo hasta una economía planificada al servicio de las necesidades de nuestro pueblo, de la soberanía y del desarrollo nacional. No habrá 2027 si no hay contraofensiva popular en 2024. Construyamos nuestro 2001.

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