* por Jose Sagasti.

A 11 años del fallecimiento de Chávez, es más que imprescindible recordar su ejemplo y legado en este contexto argentino de avance del neoliberalismo en su versión fascista.
En el medio de la larga noche neoliberal de la década de los 90 que azotaba a América Latina y, con la caída del Muro de Berlín y el derrumbe del campo socialista, había un militar aliado a su pueblo que se alzaba en Venezuela contra ese orden.
En Argentina eran los tiempos de la hegemonía menemista con sus privatizaciones y ajustes brutales enmarcados en el Consenso de Washington. En Brasil, imperaba el discurso de Fernando Collor de Mello mientras que, en Perú, Fujimori reventaba el país y masacraba a su pueblo.

Chávez irrumpió en la vida política venezolana un 4 de febrero de 1992, como un emergente de la masacre producida años antes en “El Caracazo”, del saqueo neoliberal y de las recetas del FMI que aplicaba a rajatabla el gobierno entreguista de Carlos Andrés Pérez.

Ese 4F fue una rebelión cívico militar que acabó derrotada y Chávez terminó encarcelado. Sin embargo, esa rebelión y el “por ahora no pudimos cumplir los objetivos” como dijo ese día antes de entregarse, fue un grito de guerra en soledad, pero también un punto de inflexión en el devenir de Venezuela y del continente. El orden neoliberal comenzó a temblar. Fue el puntapié para dar las batallas que se suscitaron luego en Bolivia en 2003 y aquí en Argentina en el 2001.

La llegada de Chávez al poder en 1998—a través de su victoria electoral—significó el pico de mayor consciencia revolucionaria y latinoamericana acerca de la necesaria unidad popular, la defensa de la soberanía de la Patria y el empuje de auténticos procesos de liberación nacional.

Chávez forjó el camino a la Unidad Latinoamericana e impulsó la derrota del ALCA en Mar del Plata. En términos futbolísticos, arrastraba la marca de los yanquis, se ponía en el ojo de la tormenta y conseguía, de esa manera, que procesos como en Argentina, Brasil o Uruguay pudiesen llevar adelante políticas distributivas que, quizás en otro contexto, no lo hubiesen hecho. Corrió hacia la izquierda todo el contexto político regional.

¿Cómo logró hacerlo? Lo hizo declarando el carácter socialista (en los términos del Siglo XXI) de su Revolución y hasta llegó a asumir públicamente su marxismo incipiente. Lo hizo confrontando abiertamente con el imperialismo, tejiendo redes de solidaridad con Bolivia cuando intentaron hacerle un golpe a Evo, con Honduras, Palestina y con todos aquellos pueblos del mundo que eran agredidos por EEUU.

“Comuna o nada”, exclamó Chávez poco antes de su muerte. Entendió—como pocos—en este siglo la necesidad estratégica de una política sustentada en el poder popular y la democracia de base que hizo mejorar todos los indicadores sociales de su país y recuperar el control de sus recursos naturales. Fue el pueblo empoderado en los Consejos Comunales el que derrotó el golpe de estado de 2002 y los sucesivos intentos.

“El pueblo es el depositario de la soberanía y la ejerce a través del poder popular, que no nace del sufragio (…) sino que se expresa en comunidades, comunas y autogobierno de las ciudades”, dijo Chávez.

En la Argentina de hoy, necesitamos rescatar ese Chávez: irreverente, audaz, revolucionario y de confrontación absoluta con el imperialismo y los fascistas. Tomemos sus banderas de la liberación, del socialismo y construyamos la base social que nos permita hacer nuestra experiencia transformadora porque los pueblos se liberan en las calles y con organización. Sólo así podremos superar este presente de hambre y crueldad planificada.

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