Cualquiera que haya vivido en los años de la Guerra Fría sabe que, a pesar de la retórica y rectitud profesada por el “mundo libre” o el asfixiante y cruel totalitarismo de los Estados socialistas, se notaba en estos últimos un idealismo desinteresado y un sacrificio heroico.
    Érase una vez, hace mucho tiempo, aunque no lo suficiente para que la gente lo olvide, que el mundo estaba dividido en tres: existía el Primer Mundo, representado por el Occidente liberal, el Segundo Mundo, llamado el Oriente socialista, y el Tercer Mundo, que hoy es conocido como el Sur Global, el cual era tratado como un lugar de conflicto tanto por el Occidente como por el Oriente.

En aquellos años el enfrentamiento nuclear de la Guerra Fría se limitaba a la competencia por las tierras y los recursos del Tercer Mundo, donde se patrocinaban revoluciones, golpes violentos de Estado, intervenciones armadas y guerras por el poder que asolaron América Latina, África, Oriente Medio y Extremo Oriente. 

Sin embargo, paralelamente a esta dinámica competencia en el Sur Global también se podía observar una lucha global y abstracta por los corazones y las mentes de las personas. 

Esta competencia oponía al Liberalismo – el cual define la “libertad” en un sentido burgués, nihilista y basado en la usura institucional – frente al Socialismo – donde la “igualdad” era definida como la nivelación general proletaria y el determinismo materialista –. Esta lucha llevó a que los Estados tomaran partido por el campo occidental-liberal o por el oriente-socialista que se asoció a una dicotomía mucho más antigua y profunda: el primero fue identificado con la religión, mientras que el segundo era asociado con el ateísmo. 

No obstante, la verdadera naturaleza de esta división – en contraste con su forma institucional – tenía una realidad inversa, ya que el balance material (recursos e infraestructuras) se inclinaba notablemente a favor de los primeros en contraposición a la realidad inmaterial (celo y devoción) expresado por los segundos. Cualquiera que haya vivido en los años de la Guerra Fría sabe que, a pesar de la retórica y rectitud profesada por el “mundo libre” o el asfixiante y cruel totalitarismo de los Estados socialistas, se notaba en estos últimos un idealismo desinteresado y un sacrificio heroico.
   Tras la caída del Muro de Berlín en 1989 y el colapso de la Unión Soviética en 1991, la mayoría de la gente olvidó – o ha querido olvidar – el inmenso idealismo e incontables vidas que fueron sacrificadas en nombre de una causa perdida como lo fue el Socialismo. 

Millones de mineros, obreros y campesinos anónimos se entregaron a la tarea de “acelerar” la industrialización de la Rusia soviética en un momento donde en Occidente la mayoría de los trabajadores tenían que luchar contra los magnates burgueses por la obtención de derechos básicos mediante huelgas, creación de sindicatos y campañas electorales.

Mientras tanto, en el Tercer Mundo millones de personas murieron con tal de ponerle fin al yugo colonial, la explotación capitalista y la intervención imperialista. En el Segundo Mundo miles de millones perdieron sus vidas en varios experimentos megalómanos de ingeniería económica y social que buscaba imponer el “gran salto hacia adelante”. 

Es difícil hacer comprender a los jóvenes de hoy lo que movió a muchos a morir por la revolución nicaragüense (La canción de Carla, Ken Loach, 1996), lo que inspiró a un campesino italiano a hacer una huelga y sufrir por esta idea (Novecento, Bernardo Bertolucci, 1976), lo que llevó a un poeta chileno a exiliarse y vagar por el mundo (Il Postino, Michael Radford, 1994) o lo que movió a un obrero holandés jubilado a oler todos los días el periódico de Moscú con tal de saber a qué olía la dignidad.
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