El 29 de mayo de 1969 se inicia el Cordobazo, la pueblada más importante del siglo XX argentino. No fue la primera ni la más destructiva del periodo, pero por su impacto e influencia fue determinante en el ciclo de revueltas populares que marcó el paso de la década del 60 a los años 70.

* por Pablo Borda.

El “Mayo Argentino”, como lo definía Horacio Tarcus, tuvo un contenido mucho más obrero que el “Mayo Francés”. Si bien ambos fenómenos representaron una confluencia histórica entre movimiento obrero y movimiento estudiantil, la gran revuelta popular que tuvo lugar en Córdoba fue impulsada y dominada por la movilización obrera, que fue reforzada por la acción de los estudiantes y los vecinos.

Se trato fundamentalmente de una rebelión contra la dictadura de la Revolución Argentina (1966-1973) liderada por Juan Carlos Onganía. Esta dictadura, quizás la segunda más ambiciosa en su proyecto político, representa un modelo de Estado Burocrático-Autoritaria definido por Guillermo O’Donnell. Combinando el autoritarismo con la tecnocracia. El disciplinamiento social y la represión fueron acompañado de un plan económico liberal y ortodoxo que era presentado como una normalización económica según patrones de racionalidad, modernización y eficiencia.

La política represiva y económica requirió de un ataqué frontal al movimiento obrero y conta los sindicatos. Las organizaciones sindicales estaban divididas entre las corrientes colaboracionistas y negociadoras, y las combativas e, incluso, revolucionarias. Desde 1968 la Confederación General del Trabajo está dividida entre la burocrática CGT Azopardo liderada por Augusto Timoteo Vandor, y la combativa CGT de los Argentinos dirigida por Raimundo Ongaro.

Esta división era producto del cuestionamiento a los liderazgos tradicionales del sindicalismo peronista. La modernización económica y el recambio generacional producida por las políticas desarrollistas y el clima de los años 60 había provocado importantes transformaciones sociales e ideológicas del movimiento obrero. Los nuevos cinturones industriales de las afueras de Buenos Aires y provincias como Córdoba y Santa Fe vieron el afianzamiento de establecimientos modernos de las industrias automovilística, la química y la eléctrica, entre otras. Al mismo tiempo, la prédica de las nuevas izquierdas latinoamericanas se expresa en la difusión de corrientes ideológicas anti imperialistas y afines al socialismo que llegaron a influencia a obreros, estudiantes e intelectuales, incluso aquellos de identidad peronista.

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Los nuevos sindicatos que representaban a los obreros de las industrias modernas (como SMATA, CITRAC-CITRAM, Luz y Fuerza, etc) estuvieron entre los principales protagonistas de la “rebelión de las bases”, un proceso de cuestionamiento a la dirigencia sindical dominada por el vandorismo. El régimen autónomo del que disponían muchos de estos sindicatos, les permitió actuar con autonomía de los liderazgos tradicionales y escapar a los mecanismos de control del gangsterismo y las prácticas burocráticas. La orientación participacionista del vandorismo frente a la dictadura, se contrastaba con el carácter mucho más contestario que asumieron las nuevas corrientes sindicales frente a una política de ataque directo al movimiento obrero.

Peronistas combativos, peronistas revolucionarios, socialistas, marxistas leninistas, trotskistas, maoístas y guevaristas dieron a la CGT de los Argentinos un carácter combativo y revolucionario. Las luchas obreras eran vistas por los nuevos dirigentes como parte de una lucha política integral contra la dictadura. Los planes de lucha de la CGT de los Argentinos apelaron a nuevos repertorios de confrontación: los paros activos, la ocupación de fábricas y la toma de rehenes entre los miembros de los directorios empresariales.

El año de 1969 presenció intensos conflictos obreros y movilizaciones estudiantiles que decantaron en las puebladas, levantamientos masivos que terminaban por incluir a amplios sectores de la sociedad y que se apoderaban de ciudades enteras. El Correntinazo y el Rosariazo representaron los primeros desafíos abiertos a la aparentemente inquebrantable dictadura de Onganía. La represión aun parecía contener estas revueltas y evitar que se convirtieran en insurrecciones generalizadas, pero esta idea iba a cambiar con el Cordobazo.

El paro activo de 36 horas convocado por los sindicatos cordobeses para el 29 de mayo de 1969 era una respuesta al disciplinamiento laboral que impulsaba el ministro de economía Adalbert Krieger Vasena. Ese día las distintas columnas obreras que avanzaban por la Ciudad de Córdoba convergieron en las plazas San Martín y Vélez Sarsfield, donde se produjeron los enfrentamientos más intensos con la policía y la guardia de infantería.

Fue a partir del asesinato del obrero Máximo Mena por una herida de arma de fuego, que el paro activo y movilización se convirtió en una insurrección popular. La furia de las decenas de miles de obreros, estudiantes y vecinos de los sectores bajos y medios, desbordó a la policía que debió replegarse bajo una lluvia de piedras, bolitas y bombas molotov. Los manifestantes llegaron a ocupar cerca de 150 manzanas de la ciudad de Córdoba levantando barricadas y destruyendo sedes de empresas, comisarías y símbolos de autoridad.

El gobierno dictatorial decidió desplegar al Ejercito en Córdoba. Miles de soldados armados con tanques, vehículos blindados y ametralladoras se enfrentaron a decenas de miles de manifestantes con el objetivo de recuperar el control de la ciudad.

Fue necesaria una ocupación militar de 3 días en la ciudad de Córdoba para controlar la situación. Hubo decenas de muertos, cientos de heridos y más de mil detenidos.

La dictadura de la Revolución Argentina estaba herida de muerte. Se iniciaba un tiempo de revuelta y rebelión en Argentina.

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